El hombre detrás de la violencia.

 

Autor:  Kalton Bruhl.


George Dalton extendió la mano, buscando sin abrir los ojos, el botón de apagado del despertador digital. Permaneció todavía unos instantes con el rostro hundido en la almohada y, a medida que iba despertándose, comenzó a sentir un ligero malestar en los hombros y en los brazos.

Se sentó en la orilla de la cama y estiró el cuello hacia un lado, masajeándose los músculos con fuerza.

Colocó las manos sobre sus rodillas y dio un último bostezo antes de levantarse. Se dirigió al baño y continuó girando el cuello mientras orinaba. Tiró de la cadena y luego se lavó las manos y la cara. Se apoyó en el lavabo y empezó a examinarse en el espejo. Su cabello ya necesitaba un corte y tal vez un tinte. Las canas no le daban un aspecto distinguido. Su reflejo le mostró los dientes, estaban amarillentos por la nicotina, pero al menos casi todos eran suyos. Se pasó la mano por el mentón, la aspereza de su barba de tres días le hizo sonreír. Se fijó en sus ojos, seguían siendo inescrutables, incluso para él mismo.

Caminó hasta la cocina. Abrió el refrigerador y tomó un frasco de jugo de naranja. Olió el contenido y luego vio la fecha de expiración. Se sirvió en un vaso y le agregó tres huevos crudos. Lo agitó con una cucharilla hasta que todo quedó bien mezclado.

Llegó hasta la sala, apurando de un trago el contenido del vaso. Miró la hora en su reloj de pulsera. Faltaban quince minutos para las seis. Se paró frente al viejo mueble que le servía de centro de entretenimiento. En los anaqueles casi no había espacio para una cinta de vídeo más. Encendió la televisión y sintonizó el canal local. En ese momento transmitían las repeticiones de una comedia cancelada años atrás. Apretó el botón de expulsión de la grabadora de vídeo y examinó la cinta. Quedaba apenas lo suficiente para grabar unos diez minutos en el formato extra largo. Abrió una de las portezuelas de la parte inferior y sacó una cinta nueva. Buscó un bolígrafo y escribió la fecha en el costado del videocasete: 20 de noviembre de 1998. Sintonizo el  canal tres y ajustó el formato de grabación.

Abrió un nuevo paquete de cigarrillos y se sentó en su sillón favorito, un sillón reclinable de tela cuadriculada. Sonrió con satisfacción, mientras encendía un cigarrillo, los créditos de la serie ya aparecían en la mitad de la pantalla; la otra mitad era ocupada por los avances del noticiero de las seis. Acarició casi con sensualidad el botón de grabación en el mando a distancia. Comenzó a agitarse en el sillón y una vez más se dio cuenta de que la paciencia no era una de sus virtudes. Los comerciales le parecieron insufribles. Los Directores se habían olvidado del producto, cambiándolo por efectos especiales e historias incomprensibles. Si uno quería vender una cerveza, lo más sencillo era mostrar a un sujeto sediento sosteniendo una botella bien fría, mientras una tipa en traje de baño se le colgaba del brazo; pero esos estúpidos le encargaban el trabajo a un trío de ranas digitales. Maldijo a los premios Clío y al causante de todo, el comercial 1984 de la Apple. 

Suspiró con alivio al escuchar la tonada musical con que iniciaba el noticiero. Anunciaron las comprometedoras fotografías de un senador entrando a una habitación de motel con una colegiala. Dalton se molestó. Ese hombre era un veterano como él y también había luchado en aquellas inmundas selvas contra los malditos rojos. Si deseaba ponerle a su miembro un abrigo de castor joven, tenía todo el derecho del mundo a hacerlo; había arriesgado su vida por ello.

Ahora venía el avance informativo internacional.

Siempre el oriente medio y siempre un ataque con explosivos. La voz anunciaba cerca de cien víctimas mortales y otro centenar de heridos. Dalton se preguntó de dónde diablos salía tanta gente.

“Si cada día hay decenas de muertos” se dijo, “entonces...” Probó hacer un cálculo mental, pero abandonó el intento al escuchar el titular sobre el crimen del día. El anunciante dijo que era el último eslabón en una cadena de crímenes sin sentido que mantenía a la ciudadanía en un estado de pánico. Dalton sonrió y se arrellanó en el sillón, esa era la noticia que esperaba.

Soportó al par de imbéciles que servían de presentadores: Martin Smith, un tipo en los cuarenta, con su cabello engomado y una estúpida media sonrisa en los labios, que se acentuaba en los cambios de cámara y  Janeth Berger, la infaltable rubia que se limita a leer el apuntador electrónico y a asentir a todo comentario insulso que haga su compañero.

Apartó por un momento la mirada de la pantalla. Se fijó en su creciente videoteca. Tal vez ya eran más de mil cintas. Las grabaciones de los noticieros se encontraban clasificadas por fecha. También había documentales de guerra. La segunda guerra mundial y Vietnam eran sus temas favoritos. El Canal de Historia se encargaba de que siempre tuviera algo nuevo para grabar. Después venían los programas sobre crímenes. Sonrió y bendijo en silencio a la televisión por cable. Había también unas pocas cintas especiales. Eran grabaciones clandestinas sobre ejecuciones. Recordó al tipo que poco a poco se freía en la silla eléctrica y al otro cuya cabeza se sacudía con fuerza al recibir un tiro en la nuca.

Volvió la mirada hacia la pantalla. Era una  noticia que valía la pena grabar. Un incendio había arrasado una casa en una calle con mayoría latina. Al parecer la madre había dejado a sus tres hijos pequeños encerrados bajo llave, mientras salía a trabajar en una fábrica. Los bomberos especulaban sobre un posible cortocircuito. La cámara enfocó el momento cuando el forense cerraba la última bolsa. Los restos carbonizados y todavía humeantes le hicieron abrir bien los ojos.

Luego vino la sección financiera. Las variaciones en la bolsa de valores le tenían sin cuidado. Qué podía interesarle a un tipo que vivía de una pensión el índice Dow Jones.

Miró a su alrededor y reconoció que la vida había sido dura con él. Tenía un apartamento minúsculo en un vetusto edificio. La mayoría de sus vecinos eran también pensionados, que apenas salían una vez por semana para hacer las compras.

No había demasiada justicia en el mundo. Él debería estar ahora en un condominio en la Florida, viendo el ocaso con una cerveza bien fría en la mano, mientras su esposa le preparaba una suculenta cena con postre incluido. No tendría por qué estar preocupado por las cuentas del gas o de la electricidad; sus preocupaciones deberían limitarse a buscar, las tallas adecuadas, para la ropa que les regalaría a sus nietos en Navidad.

Nada había resultado bien. Regresó de la guerra con una pierna reconstruida y una medalla al valor. ¿Y qué recibió de los hombres y mujeres por los que había derramado la sangre de docenas de orientales y la suya propia? Nada, sólo desprecio. Los mismos malditos comunistas, contra los que había luchado, organizaban manifestaciones en su propio País. También estaban los asquerosos hippies, que creían que con dejar de bañarse y tomar ácido hacían más por su Patria, que los miles de soldados que mantenían la amenaza roja, fuera de sus fronteras.

Quiso encontrar oportunidades y solamente halló puertas cerradas, secretarias pedantes y gerentes que, sin mirar su hoja de vida, le brindaban una sonrisa hipócrita y le decían que ellos le llamarían.

Años atrás, despachando ordenes en un restaurante de comida rápida y mientras contemplaba a las familias que reían en las mesas,  había comprendido cuál era el problema con toda esa gente: la guerra nunca había llegado cerca de sus casas.

El resto de la población nunca había vacilado en dar un paso, pensando que podrían volar en pedazos por una mina escondida. Nunca habían aguardado noches enteras bajo la lluvia, con los músculos doloridos, escuchando voces extranjeras, donde no había más que graznidos de aves. Nunca habían agradecido en silencio por ver un nuevo amanecer y no ser el tipo que dejan atrás con la cabeza destrozada y los brazos extendidos, como suplicándote que lo lleves contigo, que él también dejó en casa una razón para vivir.  No, esa gente no comprendía lo valiosos que eran los hombres como él.

Sonrió con amargura, moviendo la cabeza. Eran suficientes lamentaciones y la noticia que esperaba estaba a punto de comenzar. La voz del presentador adquirió un tono más grave, mientras disertaba sobre la decadencia de la sociedad actual. Algo debía estar mal, dijo, si podemos producir monstruos de este tipo.

George Dalton frunció el ceño y se cruzó de brazos a la vez que asentía con la cabeza. Las cámaras se dirigieron a una calle en una zona de clase media. Enfocaron una casa de madera de dos plantas. Los coches patrullas y las ambulancias rodeaban el lugar. Varios policías mantenían a los curiosos atrás de la cinta amarilla.

La reportera del canal, una joven asiática vestida con un elegante traje, unió su micrófono a los otros que se agolpaban frente al jefe de la policía. Este parecía sinceramente consternado; se frotó varias veces la boca con la mano antes de hablar. Dijo que se había finalizado de inspeccionar todas las habitaciones, incluyendo el sótano y que el número de víctimas ascendía a cuatro: el matrimonio y sus dos hijos, de once y siete años. No podía adelantar detalles, porque entorpecerían la investigación. En cuanto a la causa de las muertes, esperaría el resultado de las autopsias. Lo que sería un mero formalismo, porque, dentro de esa casa, se había producido la peor carnicería que había visto en todos sus años dentro de la fuerza policial. Luego su mirada se endureció y la centró en el lente de una de las cámaras.

 “Juro que  atraparemos al bastardo que hizo esto.” Dijo, segundos antes de darse la vuelta y comenzar a girar nuevas órdenes.

Dalton se frotó las manos con excitación y encendió un nuevo cigarrillo, con la colilla del anterior. Se fijó en el cenicero, había restos de por lo menos otros siete.

Se levantó del sillón, estirando los brazos para desperezarse. Regresó a su habitación, donde abrió el armario para buscar ropa. Se vistió con rapidez y se cepilló el cabello.

Mientras caminaba hacia la puerta principal se llevó las manos al estómago, al escuchar como éste comenzaba a gruñir. Cenaría un buen bistec con patatas fritas en alguna cafetería.

Tomó las llaves que colgaban de una argolla en la puerta y salió del apartamento.

Entró al anticuado elevador y al apretar el botón de descenso le asaltó una duda. Se preguntó cuál sería el crimen que se llevaría los titulares el día siguiente. Sonrió curvando los labios hacia abajo y se rascó la cabeza. No debía preocuparse, seguramente, durante la cena, le llegaría la inspiración.

 

 

KALTON BRUHL

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