Escapada: Filipinas

 

 

Esta vez el viento nos ha llevado hasta Palawan, una isla al sur de Filipinas. Un destino para nada pensado ni estudiado, que simplemente surgió en menos de un minuto.

 

Estábamos mirando en el Google Earth la zona del Sudeste Asiático, y así, mientras íbamos quitando zoom, iban apareciendo más y más países. Salía la típica Tailandia, el nombrado Vietnam, Indonesia ( nos esperaremos a pase la crisis), Birmania, Camboya, Malasia, Laos (¿que hay en Laos?), Taiwan,…. Y sin querer, vemos Filipinas, ups… Filipinas? Capital? Manila, y lo único que me vino a la cabeza es un estribillo de una canción, y aún después de haber estado allí no he logrado saber porque le preguntaba eso de….. “¿Dón-de vas con man-tón, de Ma-ni-la?”.

 

¡Y de ese modo decidimos un nuevo destino!. He de sincerarme y decir que solo rebotaba en mi cabeza el susurro de una canción y algo de una guerra, pero poco más sabía de la para mí desconocida Filipinas...

¡Pero que maravilla! Como la inocencia de un niño, mi incultura me ha dado de nuevo un placer más; el placer de descubrir, como el que empieza un nuevo libro de aventuras. No sabia casi nada del país y mi satisfacción y asombro por él, aumentó día tras día.

 

Cada día de nuestra aventura nos enseñó un lugar que ganaba en belleza al anterior; un buen clima, playas de infarto, solitarias cual anuncio de “Fa”, con colores que solo la vista puede apreciar, y una temperatura ideal para disfrutar de unas aguas limpias, con arenas blancas y mil peces, para jugar a sacarles parecidos y emparejarlos con los protagonistas de “Nemo”, (os puedo asegurar que vimos a Nemo, a Dory, al malo con la voz de Bruce Willis y a todos sus amiguitos, incluso vimos a “viscosin”!).

Bueno pues eso, que me enrollo, y ni que decir tienen sus gentes, siempre con una sonrisa en la boca, y sí, también es cierto que viven en cabañas, pero son más felices que cualquiera que viva en la Moraleja. Ah!, y por cierto, hasta el granjero del extremo mas recóndito, sabía al menos defenderse en inglés. No me gustaría ser ingles y andar perdido por según que lugar, en nuestro primer mundo.

Ale, pues dicho lo dicho. Me llevo de Filipinas un sabor muy dulce y podría decirse que un sabor a cangrejo, mucho cangrejo. Me llevo una luciérnaga que nos acompañó una complicada noche en una isla deshabitada con una marea tal que no dejaba de quitarnos el poco espacio que teníamos para poner la pequeña tienda. Me llevo una paleta de tonos azules que será difícil de igualar. Me llevo una playa seguramente más grande que muchas de nuestras costas en las que hacinados nos bañamos, y en ella solo nos cruzamos con una vaca muy grande con cuernos y con un filipino detrás, que poca sombra nos quitó, y que poca arena levantó. Y sobre todas las cosas, me llevo conocer un país con gente amable, servicial, honrada, sencilla y con una sonrisa gratuita que te ayuda a seguir el camino, todavía si cabe, aún más feliz. 

Texto y fotos: Raúl López

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