Hiroshima, 66 años después

Hace seis años estuve en Hiroshima, ciudad que tal dia como hoy, 6 de agosto, pero 66 años atras, fue destruida por la bomba atómica.

Hoy, de aquel fatal dia, solo queda el mal recuerdo, del que emana una frase lapidaria, pronunciada por todos los japonese a los que opreguntas sobre la efemérides: Que no vuelva a repetirse.

Estuve en Hiroshima, enviado por mi diario, Ultima Hora.

Estuve recorrriendo los lugares más afectados, hablando con supervivientes de aquella tragedia y visitando el museo del horror.

Hoy les recuerdo aquel dia con el orimer capítulo que escribí.

 

 

 

       Lunes, 6 de agosto de 1945, 8 de la mañana. El Enola Gay, junto con otros tres aviones, sobrevuela Hiroshima. Mientras, abajo, en la ciudad, sus habitantes se disponen a afrontar una nueva jornada

       Los orígenes de Hiroshima se remontan a 1594. Fue construida sobre media docena de islas ubicadas en el delta del río Ota. Dista unos 900 kilómetros al sur de Tokio, que en tren esa distancia se traducen en algo menos de cuatro horas. Cuando la bombardearon tendría alrededor de 344.000 habitantes. Aquel día soleado de primeros de agosto, el ruido de aviones norteamericanos sobrevolando la ciudad ya se había hecho familiar entre sus ciudadanos por lo que no alteraba la vida de nadie. Los habitantes de Hiroshima están ya más que acostumbrados a su presencia. Sin embargo, va a ser un día diferente a otros.

TIEMPO SOLEADO Y CIELO DESPEJADO

En plena madrugada, el comandante Paul W. Tibbes, que no había cumplido aun los 30 años, despegó el enorme B29 del aeropuerto de la isla de Tinian. Minutos antes lo habían hecho otros tres súper bombarderos. Tibbes llevaba en las entrañas de su fortaleza volante, el Enola Gay -la llamó así en recuerdo de su madre-  a little boy, una bomba de 3 metros de longitud, 75 centímetros de anchura y 4000  kilos de peso, de los cuales, 50 eran de uranio 235, que equivalían a una potencia destructora de 20 kilotones –o el equivalente a 20000 toneladas de dinamita-, producida por la fisión de un  kilo de dicho U235, y que originaría una reacción en cadena que, de acuerdo a los cálculos, no debía de producirse en tierra sino a medio kilómetro de ella, la cual se traduciría, en más de diez kilómetros a la redonda,  en un triple efecto mortal: muerte por onda expansiva (producida por el 50 por ciento de la energía liberada), muerte por calor -en el momento de la explosión, a algo más de 500 metros del suelo, la temperatura se elevó a un millón de grados, lo que hizo que la de la superficie de Hiroshima, en un radio de 300 metros, alcanzara los 5000 º C, que volatizó miles de cuerpos y destrozó con quemaduras gravísimas otros tantos-, y muerte por radiación, originada por la lluvia negra que comenzó a caer sobre la ciudad a la media hora de haber explotado la bomba; lluvia que contenía importantes cantidades de sustancias radioactivas, y que afectó, sobre todo, a aquellas personas que vivían a menos de un kilómetro del hipocentro. Muchos murieron instantáneamente, durante los primeros días; otros, en cambio, sintieron sus efectos a partir del segundo año. Tremendo, sin duda

      

         Fotografia de como quedó Hiroshima tras la explosión

 

 

     En el Enola Gay, perteneciente al grupo 509 de la XX  Fuerza Aérea Norteamericana, que había puesto definitivamente rumbo a Hiroshima, ciudad en la que no existía ningún campo de concentración de prisioneros norteamericanos –esa fue, posiblemente, una de las causas de su elección como blanco-, además del su comandante Tibbes,  viajaban  Charles Levis, copiloto, Meter Stiborik, al mando del radar, su ayudante, John Ferebee, Mike Jeppson y John Besser, que tenían que activar a bomba, el radiotelegrafista Barri Nelson, el navegante Van Kira, los electricistas James Shumart y Frederick Duzembury, y Norman Caron, situado en la cola, encargado de la ametralladora. Escribe Thomas Gordon en su libro Enola Gay: Misión to Hiroshima, que, según le contó Lewis, el segundo de abordo,  cada tripulante llevaba consigo una cápsula de cianuro que se tomaría si caía prisionero de los japoneses. En el caso de no querer tomársela, sería ejecutado de inmediato.

      Little boy, obra de Robert Oppenheimer, director del Proyecto Manhatam (así se conoció el proyecto para construir la bomba atómica, al que se dotó de dos mil millones de     dólares para llevarlo a cabo), había sido probada semanas antes -el 16 de julio- en el desierto de Álamo Gordo (Nevada), habiendo dado un resultado excelente. La prueba consistió en colocar un artefacto, al que llamaron fat men –también llamarían fat men a la bomba que lanzarían días después sobre Nagasaky-, sobre un soporte de hierro de varias toneladas de peso y que al estallar por control remoto hizo desaparecer prácticamente su mastodóntico soporte. Eso significaba que había cumplido a la perfección su misión como objeto devastador, que era para lo que había sido creado. Por ello, todos iban muy tranquilos a bordo, especialmente quienes sabían lo que llevaban, esperando el momento en que el B29, que se ocupaba de controlar el estado del tiempo, ordenara el inicio de aquella operación.

“Día excelente, sin nubes sobre Hiroshima, y con visibilidad perfecta”, comunicaron a Tibbes desde ese avión. (Si las condiciones climatológicas no hubieran sido favorables, probablemente la bomba habría sido lanzada en Nagasaky o, si no, en Kokura, dos ciudades de unas características similares a las de Hiroshima). A las 8,14 horas, Tibbes abrió la escotilla y Litte boy se deslizó suavemente iniciando su mortíferos vuelo vertical, de 51 segundos de duración, mientras que Enola Gay, liberado de cuatro toneladas de peso,  daba un giro y se alejaba rápidamente de aquel lugar, pues si quería eludir el impacto cuando este se produjera, debería de encontrarse  a más de dieciséis kilómetros de él. La explosión, a algo menos de medio kilómetro de tierra, se produje en el momento previsto. Cuentan que fue como una gran bola de fuego, de brillo intenso, de la que se desprendió una nube negruzca que fue tomando la forma de un champiñón, desprendiendo al mismo tiempo una temperatura que alcanzó los 4000 grados centígrados y que desintegró todo cuanto alcanzó en casi dos kilómetros a la redonda. Caron, desde el interior del Enola Gay, viendo ascender hacia donde estaban ellos aquella inmensa bola brillante rodeada de una densa humareda, exclamó: “¡Dios mío, que hemos hecho!”

    

 Sobre el monolito, a unos 300 metros de altura, estallo la bomba

 

 

      El efecto fue impactante. E instantáneo. Tanto por la explosión  (picadon la llaman los japoneses; pica por el  resplandor que produjo,  y don por el estruendo que ocasionó) como por la onda calorífica que emitió. En unos segundos, perecieron alrededor de setenta mil personas, algunas volatizadas, otras carbonizadas. El resto, a causa de horribles quemaduras, quedaron  heridas y terriblemente mutiladas, con la piel que se les saltaba a jirones. Al mismo tiempo, 60000 edificios desaparecían de la faz de la tierra, entre ellos casas, pequeños talleres, hospitales, industrias y cuarteles. A finales de 1945, se calcula que habrían muerto alrededor de 140000 personas; se dijo también que por los efectos que dejaría la bomba, no sería posible la vida en Hiroshima durante 75 años. Afortunadamente esas previsiones no se cumplieron. A costa de no pocos sufrimientos, la vida siguió después de la bomba. Eso sí, numerosos habitantes de Hiroshima, incluso años después de la explosión, seguían muriendo por efectos posteriores que afloraron en forma de leucemia y diversos tipos de cáncer. Hoy, muchos de aquellos supervivientes continúan padeciendo secuelas físicas y psicológicas. Algunos siguen odiando a los norteamericanos, a los que no perdonan lo que hicieron y a quienes califican de oportunistas cuando, semanas después, mandaron a sus médicos para que curaran las heridas a los supervivientes. “No venían a curarnos, sino a ver como eran las heridas producidas por una bomba atómica, y así aprender”, leímos en alguna parte. Otros, por el contrario, han perdonado pero no han olvidado. Pero en lo que si están de acuerdo unos y otros es en que no vuelva a suceder una cosa como aquella.

TRUMAN Y LOS DAÑOS COLATERALES

     Katsutani, uno de los personajes que aparecen en el libro Diario de Hiroshima de un medico japonés, escrito por  Michihiko Hachiya, director del hospital  de Comunicaciones de Hiroshima, describe crudamente los momentos que siguieron a la explosión: “Parecía que la mayor parte de los muertos estaban en el puente o debajo de su estructura. Se veía que muchos habían bajado a buscar agua al río, y que la muerte los había sorprendido casi en el acto de beber. Unos cuantos infelices, todavía con vida,  seguían en el agua, chocando contra los cadáveres que flotaban río abajo. Encontré infinidad de soldados, quemados de cintura para arriba y con el pecho cubierto de llagas. ¡Y lo peor es que no tenían cara! Nariz, ojos, bocas... ¡todo quemado! Parecía como si las orejas se les hubieran derretido. Uno de esos soldados, que por único rasgo facial tenía la dentadura, blanca y saliente,  me pidió un poco de agua. ¡Pobre diablo! ¿De dónde la iba a sacar yo?”

     Truman, presidente de Estados Unidos, en un discurso a la nación, radiado 16 horas después de la explosión, justificó que el lanzamiento de la bomba atómica sobre Hiroshima   fue para evitar que la guerra continuara. Prefería los daños colaterales que esta había ocasionado  –decenas de miles de muertos, la mayoría inocentes- a que el conflicto bélico continuara, lo cual podría producir un balance de muertos, de uno y otro bando, superior a los dos millones. Sin embargo, otras voces se levantan en contra de la del presidente norteamericano argumentado que Hiro Hito estaba a punto de rendirse porque su ejército estaba prácticamente derrotado, por lo que, bajo ningún pretexto, se puede justificar la muerte de tantos inocentes.  

ERROR DE UNOS DOSCIENTOS METROS 

     Hoy, viendo Hiroshima, ciudad millonaria en cuanto a número de habitantes, da la sensación de que por ella no pasó aquel infierno. 60 años después de la explosión, nada denota que allí ocurrió una gran tragedia. La ciudad está totalmente reconstruida. Los árboles, al igual que sus múltiples zonas verdes arrasadas por los efectos de la bomba, han crecido de nuevo, a la vez que muchos de sus puentes, destrozados por la tremenda explosión, han sido reconstruidos.

El unico  edificio que se salvó 

   Panorama de Hiroshima, hoy

 

 

 Vista desde lo alto de la colina, Hiroshima es una ciudad como otra cualquiera de las del Japón. Sobre su enorme superficie se elevan grandes y altos edificios. Sus calles y  avenidas son amplias y están muy bien ordenadas. Y su población vive gracias a una importante producción textil, fabricación de barcos y de maquinaria para obras públicas, de la seda, el trigo, etc. De aquel terrible suceso, que sigue en la mente de todos, y que cada 6 de agosto se recuerda a través de una impresionante ceremonia, solo quedan los restos del que fuera Centro de Exposiciones Industriales, conocido como el Gembaku Dome o, simplemente, el Dome, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1996, coronado por una cúpula de bronce, que descubro la primera mañana desde el comedor de mi hotel, el Hiroshima, y  que milagrosamente quedó en pie a pesar de que está en pleno hipocentro del picadon

   

      Un superviviente  nos señala las zonas más afectadas por la bomba

 

     

      (Tibbes había calculado que la bomba explosionara por encima del puente T, o puente Aioi, sobre el río Ota, que a esa altura se ramifica en dos, el Honkawa y el Motoyasu, y que discurre a escasos cincuenta metros de esta edificación; sin embargo estalló sobre la Clínica Shima, a doscientos metros por detrás del Gembaku y del cementerio budista, hoy prácticamente perdido entre edificios, así como numerosos monumentos que en recuerdo de las víctimas se levantan sobre una gran explanada  denominado Parque Conmemorativo de la Paz, en el que destaca la campana de la paz, y en cuyo centro se eleva el Museo Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, formado por dos edificios, este y oeste, obra del arquitecto japonés Kenzo Tange, en el que por 50 yenes se pueden ver fotografías, dos maquetas de Hiroshima  -la del  antes y la del después del estallido de la bomba- y restos del desastre, como zapatos, botellas derretidas, uniformes de escolares, objetos semi carbonizados, relojes cuyas manecillas se detuvieron a las 8, 15 horas, vídeos del B 29, un sombra humana sobre una piedra, residuos de lluvia negra sobre una pared blanca, etc.)

      No muy lejos del parque,  cruzando la calle por detrás del Dome, se llega  a la  nueva Clínica Shima, a la que, ¡por fin!, hemos hallado entre un enjambre de casas y pequeños rascacielos por detrás del cementerio. Prácticamente pegado a su pared, un monolito de granito de color marrón recuerda, en japonés y en inglés, que a 580 metros de altura estalló la bomba atómica, produciendo una onda calorífica entre 3000 y 4000 grados centígrados. Según observamos, la gente pasa por su lado sin siquiera mirarlo. Tan solo se detienen ante él turistas, o unos pocos japoneses que respetuosamente depositan un ramo de flores a sus pies. “Es el milagro de la vida –barrunta un japonés que está repostando gasolina en la estación de servicio próxima-. Aquí, hace 60 años, no quedó nada, sin embargo hoy esta saturado de construcciones y lleno de coches. Como si no hubiera ocurrido nada”.   

     

       La mujer nos muestra las quemaduras que le ocasionó la lluvia negra

 

       En otro lugar algo alejado del Parque, en dirección hacia el norte de la ciudad, tras atravesar el puente sobre el río Ota, nos encontramos con el remozado Hospital de Comunicaciones,  o  Hiroshima Teishin Byoin, que aquel 6 de agosto –y días sucesivos- acogió a numerosos supervivientes del desastre, muchos de los cuales, ya bien por las heridas producidas por la explosión, las quemaduras o radiaciones que derivaron de esta, fueron muriendo atrozmente en días y semanas siguientes. Otros, como el doctor Michihiko Hachiya, director del centro, su mujer,  Yaeko, y algunos de sus colaboradores, sobrevivieron y pudieron contarlo. El hospital, desde luego, nada tiene que ver con lo que fue, aunque en su interior quedan todavía restos de aquellos trágicos días. Es un lugar que debe de ser visitado, al igual que el castillo de Hiroshima, no muy lejos de aquel. De regreso al Parque, a pies prácticamente de Gembaku, nos encontramos con una mujer que dice llamarse Ono, de 76 años de edad, que cuenta  que cuando estalló la bomba vivía en una aldea distante a unos 80 kilómetros de Hiroshima, “por lo que tardamos tiempo en enterarnos de la tragedia”, entre otras razones, dice, “porque entonces apenas había medios de comunicación, solo radio, y esos días no funcionó. Por otra parte las noticias era muy confusas”.

     La mujer, que se mueve nerviosa por entre los monumentos que emergen en cada rincón de aquel inmenso lugar, y que está muy impresionada por lo que ve, confiesa que es la primera vez que lo visita. “No puedo explicarme todavía como hicieron aquello. ¡La de gente inocente que murió!  Niños,  mujeres,  gente civil que nada tenía que ver con la guerra... ¡Pobres!  Haré muchos pajaritos de papel en memoria de  Sadako y por la paz”. “¿Pajaritos de papel…? ¿Sadako…?  ¿Quién es Sadako?”-, le pregunto a la mujer. “Sadako Sasaky fue una niña a quien la radiación de la bomba, cuyo estallido la sorprendió en el puente Misasa, le produjo una leucemia que los médicos le diagnosticaron diez años después de aquel día. Un amigo le comentó que, según una leyenda, aquella persona que lograra hacer mil grullas de papel, podría pedir un deseo que le sería concedido. Con la esperanza de poder pedir ese deseo, Sadako hizo muchos pajaritos de papel, pero murió antes de conseguir el objetivo. Hoy, quienes hemos sobrevivido, pensando en ella y en la paz. Y porque nadie quiere que se vuelva a repetir aquello, hacemos pajaritos que depositamos en los monumentos”.

 

LA LLUVIA NEGRA

      A los muertos por el calor y la onda expansiva, hay que sumar los que originó la lluvia negra. Personas normales, aparentemente no afectadas por la explosión, de repente enfermaban y morían a los pocos días entre vómitos sanguinolentos y disentería; algunas lo hacían quedándose calvas, viendo como se les desprendían mechones de pelo de su cabeza, debido a que, por los efectos de la radiación, se habían quedado sin glóbulos blancos y plaquetas, a la vez que sobre su piel aparecían manchas, con puntitos rojos, llamadas petequias. Eran los muertos del enemigo invisible. Muertos por la radioactividad. Otros, con algo más de suerte, prolongaban la vida unos años más, ocho o diez, como Salako, la niña héroe de Hiroshima.

       A poco aparecen por allí un grupo de escolares que se detienen enfrente del edificio y lo contemplan en lo que una profesora les explica algo. “Les contamos lo que sucedió –nos dice a nosotros-. Que no vuelva a ocurrir otra vez”. 

Uno de estos niños, a lo que se ve el más avispado de la clase, dirigiéndose a nosotros, añade: “ Aquí cayó una bomba que destruyó la ciudad y mató a mucha gente. Una bomba que lanzaron desde un avión americano y que estalló ahí arriba”. La profesora apostilla: “Nosotros no les hablamos ni de buenos ni de malos. Solo les contamos lo que sucedió; les recordamos que fue  una guerra en la que murió mucha gente inocente, muchos niños… Y que sean ellos los que saquen las conclusiones”. 

 

 

Pedro Prieto enviado especial a Hiroshima  
 

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