Hotel dulce hotel

 

Adoro los Hoteles. Ese sustitutivo del hogar en el trance del viaje, es castillo, refugio y centro de operaciones. Yo suelo elegirlos con cuidado comenzando por su emplazamiento, que debe estar cerca de la principal actividad que vayamos a desarrollar en ese lugar.

 

Hay un Hotel para cada viaje.


 

Los Hoteles modernos son prácticos, funcionales, tecnológicamente preparados…pero siempre me dan la impresión de haber ido para firmar un contrato o hacerme una  Blefaroplastia ( intervención quirúrgica para eliminar bolsas en los ojos o parpados caídos). No me transmiten sensación de hedonismo, “laissez faire”, turismo cultural o actividades estimulantes como rutas gastronómicas, estrenos de teatro o juergas con amigos. 

Seguro que esas Celebrities que desean tener en su currículo canalla, el haber destrozado la habitación de un hotel (si no, ¿qué mierda de estrella eres?), eligen para el desaguisado un hotel clásico, con espejos, cornucopias, candelabros ,jarrones chinos y otros objetos inútiles pero lanzables. ¿Cómo puñetas vas a destrozar en un hotel moderno?... ¿arañando la cerámica vitrificada?. ¿mordiendo la inmensa pantalla de plasma?, ¿arrancando el cableado de Internet?...No es para dar ideas pero para eso son ideales los Ritz, unos establecimientos que hasta hace relativamente poco, no aceptaban artistas porque les parecíamos poco dignos. Así que cuando los “Guns and Roses” hacían  el Tiranosaurio en sus suites, yo pensaba que era una legítima venganza por años de desprecio a los “cómicos de la legua”.

 

A mi, en realidad,  me gustan los Hoteles antiguos y con leyenda. Aquellos que tuvieron su época de esplendor y por los que pasaron personajes significativos. Me gusta pensar que hay “rastros” de ellos en esos escenarios: Secretos de Mata-Hari, borracheras de Hemingway, brillos del ingenio de Oscar Wilde, escenas de amores de Ava Gardner…

¿Qué seguramente persigo fantasmas?...¡Seguro!. Lo hice en el Hotel Roosewelt, construido por sus propietarios Louis B. Mayer, Mary Pickford y Douglas Fairbanks.

En una habitación concreta se aparece periódicamente  Rodolfo Valentino, que fijo que baja de noche a bañarse a la piscina diseñada por David Hockney. Debo decir que estuve paseándome por el Lobby pero no eran horas de “Ghost”. Como el Roosewelt da al paseo de la fama (7000 Hollywood Blv), pude comer en la terraza con un pié encima de la estrella de Natalie Wood.

 

En Los Angeles me hospedaba en un Ramada de West Hollywood que tenía la entrada por el Parking, cosa que puede parecer horrible aquí pero resulta absolutamente lógica en L.A. Tenía también una entrada peatonal flanqueada por palmeras como un templo solar egipcio. La palmera real es el símbolo de Los Angeles. Nuestra habitación daba, pasada la avenida, al Palm Bar, un conocido Bar de lesbianas.  

 

Palmeras y sol parece que no tienen que ligar con lo fantasmal, ¿verdad?, pues en Miami, hay un Hotel fabuloso, el Biltmore, en Coral Gables (donde Johny Weismuller nadaba en su piscina), que tiene “alojado” al fantasma de un guardaespaldas de Al Capone. Doy fe, también, de que tiene un bar, con una elegante pero opresiva boisserie, que es igualito, aunque más pequeño, al del Hotel Overlook, de la Película “El Resplandor”, basado en la novela de Stephen King.

 

Con fantasma, pero nada misteriosa, era la sensación de saber que a mis pies, treinta pisos más abajo, se representaba cada noche “The Phantom of the Opera”. El Hotel era el Milford Plaza en Broadway / New York. Una gozada para amantes del teatro musical.

 

Hay Hoteles que te proporcionan experiencias sensoriales como vistas espectaculares o arquitectura  con firma. Muy de agradecer, pero prefiero placeres más sutiles como el del Hotel du Louvre, donde pasamos mi mujer y yo la “Luna de miel”. Pisarro pintó allí “Place du Teatre Français” desde la fachada que da a la Comedie Française. Yo siempre me he alojado en habitaciones que dan al lado del Louvre, en la Rue de Rivoli. Una de las veces, la “chambre” daba a la galería de escultura clásica. Te levantabas por la noche y vislumbrabas aquellas siluetas ¿inmóviles? en la penumbra del Palacio del Louvre y …si ustedes han visto “Una noche en el Museo”…o “Belphegor, el fantasma del Louvre”, sabrán lo que quiero decir. (Bien es cierto que el Chardonnay y mi nada sobria imaginación ayudan mucho).

 

El establecimiento hotelero que me ha dejado más huella ha sido el Hotel Bristol en Varsovia.

 

Monumento nacional y vecino (edificio contiguo) del palacio presidencial, es un bello diseño secesionista del arquitecto Vienes Otto Wagner (les recuerdo que están ustedes en la sección Artístika). Desde que abrió sus puertas, ha albergado a Celebrities como Marlene Dietrich, Edvard Grieg, Richard Straus, o Enrico Caruso. El Restaurante ha servido a Charles de Gaulle y el Sha del Iran Rheza Phalavi.

En verano se puede desayunar en un delicioso patio interior acristalado, donde tuve dos experiencias novedosas para mi: tomar caviar y vodka del buffet del desayuno, y ver a un tipo vender aviones de Guerra.

En efecto, un caballero mostraba sin disimulo un catálogo, como si fueran automóviles, a un tipo con pinta de Ministro de Republica Bananera que iba acompañado por un mal disimulado despliegue de guardaespaldas.

El Hotel en vez de taxi, te proporciona unos Audi negros,sin identificación ninguna. Una de las veces que queríamos ir a un mercadillo, el Chofer me preguntó en tono de broma si íbamos a comprar Kalashnikovs, dado que a ese batiburrillo, acuden vendedores de repúblicas bálticas con una variada y no siempre legal mercancía:

Collares de ambar, cachivaches lituanos, iconos rusos y, si hay que creer la humorada del chofer, fusiles de asalto.

 

Para terminar contaré una anécdota hotelera que a mi me hizo reír durante mucho tiempo.

En el Intercontinental de Berlín, como en otros Hoteles de cierto nivel, nos encontrábamos la cama abierta y la consiguiente chocolatina. 

Una tarde nos estábamos preparando para salir a cenar. Yo estaba en la ducha y oigo llamar a la puerta de la habitación. Al parecer Isabel tendría puesta la música o la TV y no oyó el golpe de nudillos. Yo le grité que alguien estaba llamando. Oí el consabido -¿¿Quéee??. Entonces el camarero desde detrás de la puerta, dijo que venía a darnos el servicio de noche.  Yo ya fuera de la ducha, totalmente mojado intente mediar en la situación y desde el quicio de la puerta del baño le decía que abriera.  Isabel seguía diciendo que no me entendía. El valet persistía informando desde fuera su cometido. Mi santa parecía enfadada ante tanto parloteo (pensando que era sólo yo) . Entonces el pobre hombre debió pensar que le autorizaban a pasar y con su llave maestra, entró.

Desde la puerta entreabierta del baño, pude ver el encuentro de un camarero negro con una cajita de bombones y una Isabel enfurecida y…completamente desnuda.

 

Y es que los hoteles dan mucho juego para los escritores de novela negra, para las series de forenses, las comedias de enredo, y el shopping militar.

 

Mmmm… ahora que pienso. No he vuelto jamás a desayunar caviar con Vodka…

 

Jaime Roig de Diego

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