Ochenta minutos sobre Phobos. Jorge Igual.

Ochenta minutos sobre Phobos

 

Al completar la órbita reglamentaria, accioné los paneles de protección de la cabina y conecté la propulsión principal, mientras enfilábamos rumbo parabólico hacia Phobos. Nuestro destino era el laboratorio xenológico Asaph Hall, con base en dicha luna marciana, con el que se había perdido toda comunicación hacía algo más de cincuenta horas. Los protocolos automáticos de seguridad habían hecho saltar la alarma y era preciso contactar con la base, a fin de comprobar si realmente tenían problemas, o era tan sólo un fallo del sistema, como ocurría no pocas veces en este tipo de instalaciones. Además, estaba la señal de eco radar, captada por Control Inter Solar, indicando la presencia de un pequeño pecio, tal vez dos, flotando cerca de las lunas marcianas, con el peligro que eso podía suponer para las flotas de abastecimiento que transitan próximas a Marte. Según el análisis de la computadora, podría tratarse de una o dos pequeñas naves de emergencia, lanzadas desde la estación científica, cuyo despegue, por algún motivo, había sido abortado a los pocos segundos de abandonar la superficie del satélite. Esto podía encajar con un fallo en el sistema de emergencia, que habría disparado una o más cápsulas en modo automático, incluso sin tripulantes abordo. Lo que no estaba claro es por qué nadie respondía desde la base a los requerimientos de nuestro personal. Tal vez la avería afectaba también a los sistemas de comunicación, pero había algo extraño en todo aquello. Las comunicaciones de cualquier base estaban soportadas siempre, como mínimo, por instalaciones cuadruplicadas, y sólo una gran catástrofe, o la destrucción completa de un asentamiento, podían justificar la ausencia total de respuesta. Los radiotelescopios de observación permanente no habían detectado nada parecido. Las últimas imágenes de la base, nítidas y enfocadas, transferidas ahora a mi pantalla, mostraban la tranquilidad más absoluta. Una aparente tranquilidad que era lo que más me preocupaba. Me giré hacia mi copiloto, el subteniente Jass Solckare, y pude ver dibujada en su rostro la misma pregunta que yo me hacía: ¿qué diablos puede haber pasado en una triste y aburrida base científica, habitada por aburridos y tristes científicos?

- Comprueba que la curvatura es la apropiada para velocidad de cierre en cinco punto uno –le ordené con tono rutinario-.

- Está hecho –contestó Solckare sin levantar la vista de sus anotaciones-. Tendremos potencia máxima en ciento cincuenta segundos. Estimación para destino, cinco punto uno. Secuencia de frenado automático programada.

Pulsé sobre la consola principal el código de autorización de vuelo con mi clave de seguridad, rango Inspector Jefe Alvam y la computadora transfirió los datos de nuestro plan de vuelo a Control Inter Solar en milisegundos. Me recosté un poco sobre el sólido asiento y las sujeciones se tensaron ligeramente en torno al pecho y la cintura. Para las patrullas orbitales utilizábamos naves más ligeras, más pequeñas y menos confortables que ésta, pero ante la necesidad de cubrir la distancia hasta Marte en el menor tiempo posible, nos habían asignado nada menos que una Interlace de seis motores híbridos, con apenas dos años de servicio en la Armada de Combate. Todo un interceptor solar armado hasta los dientes y con potencia suficiente como para arrastrar un convoy de transporte. Sin duda, lo mejor de lo mejor de la flota Astropol. Lástima que no hubiera nada a que dispararle, comentamos cruzando una mirada cómplice mi copiloto y yo antes de subir abordo. Esperé unos minutos a que la nave se estabilizara, lanzada ya a velocidad máxima por el relativo vacío interplanetario, y me levanté a echar un vistazo por la trasera del habitáculo. Modernos trajes de exterior blindados, con autopropulsión y armamento integrados, colgaban a los lados, como muñecos deshinchados. Sobre ellos, en sus estantes transparentes, los pesados cascos parecían vigilarnos desde detrás de sus plateadas viseras. Pude ver un conjunto de herramientas de rescate y sellado de última generación, y un equipo médico bien surtido, como parte de la dotación. El resto del material permanecía dentro de armarios o paneles estancos, que no quise remover. Al fondo, encerrado tras su doble blindaje, el generador principal rugía amortiguada su monótona letanía. Regresé a mi asiento y pedí a la computadora que me mostrara de nuevo el informe del caso, pero había poco que repasar. La mayoría de los campos del formulario permanecían en blanco o con un lacónico “no hay datos”, igualmente desconcertante. No se trataba de un robo o una disputa entre operarios de mantenimiento, ni de violaciones del Código de Seguridad Espacial, como despegar sin permiso o detraer material o herramientas para venderlas en el mercado de segunda mano. Ni siquiera podíamos echarles la culpa a los malditos piratas de Rigel, que últimamente tanto nos acechaban con sus atrevidas incursiones. Con todo, lo peor era la falta de pistas y ese silencio total.

Pedí entonces que me presentara, habitáculo por habitáculo, los últimos biodatos registrados de la base. En principio, los sistemas de soporte vital permanecían en marcha en todos ellos. Temperatura, presión, niveles de oxígeno… Todo se mantenía dentro de los márgenes adecuados. Sólo el índice de humedad mostraba una alteración importante. Marcaba cero. Un error, sin duda, de los instrumentos de medición. Así pues, las hipótesis de una fuga o de un fallo generalizado de los sistemas de soporte vital parecían descartadas. Sin embargo, cuando pedí a la computadora que me mostrara las lecturas térmicas y cinéticas del interior no apareció nada. Ningún cuerpo en movimiento, ningún rastro de calor humano. ¿Habían salido todos de la base? ¿A dónde habían ido? Un escaneo rápido por la superficie del satélite fue suficiente para comprobar que tampoco fuera había nada más que rocas y polvo marciano. Sólo quedaba una remota posibilidad: los viejos túneles excavados en el interior del satélite. ¿Se habrían refugiado todos allí dentro? ¿Por qué o de qué huían? Ninguna de esas dos cuestiones podía ser resuelta desde la órbita. Tendríamos que bajar a Phobos y comprobarlo con nuestros propios ojos. A mi compañero no le hizo mucha gracia aquella idea que implicaba, o bien trabajar por separado -uno en la superficie y otro abordo- o bien dejar sola una nave a la que estábamos poco habituados, orbitando en automático, sobre nuestras cabezas.

- A mí tampoco me gusta –dije con una mueca cómplice-. Podemos comprobar las salas con el escáner orbital pero alguien tendrá que bajar y echar una ojeada a esos túneles… Puedo ir solo, si lo prefieres…

- No es eso, inspector. Dejar la nave, con esos pecios dando vueltas a la deriva, no es buena idea. Y bajar solo no me parece lo mejor… más teniendo en cuenta que no sabemos  qué nos podemos encontrar. Además, está ese… ese silencio.

También a mí me inquietaba aquel silencio sepulcral. No había nada que lo justificara, ninguna pista que permitiera hacerse una idea de lo que había ocurrido. Sin embargo, no se apreciaba resto de vida alguna en toda la base. Nos aproximábamos a nuestro destino. Había que tomar una decisión.

Pensé en abordar primero los pecios a la deriva y luego, si era necesario, bajaríamos los dos a la superficie. Tenía la esperanza de encontrar alguna pista en el interior de aquellas naves. Además, una vez abordadas, podríamos fijarlas con un tensocable a nuestra propia nave y evitar cualquier colisión fortuita mientras estábamos abajo. Jass estuvo entonces de acuerdo con el plan y -aunque no le quedaba más remedio que aceptar las órdenes-, me hizo un gesto de aprobación, más de amigo que de subalterno. Luego permanecimos en silencio, cada cual atareado con sus cálculos. Durante unos minutos nos concentramos en las maniobras de aproximación y frenado. Bordeamos lentamente el faro guía que señala el margen gravitacional y nos colocamos en una órbita estacionaria alta sobre Marte, por debajo de sus satélites, en un punto intermedio entre Deimos y Phobos, aunque más próximos a éste. La computadora de abordo había identificado las dos lanzaderas de emergencia flotando a la deriva y los restos de al menos una tercera, que se habría estrellado sobre la superficie de Marte, a juzgar por un rastro de piezas calcinadas y cenizas, entorno un pequeño cráter, cuya imagen ampliada me mostraba el escaner en mi pantalla. Si estaba o no tripulada en el momento del impacto era imposible de saber. En el caso de los pecios a la deriva, no se detectaba vida abordo, pero la imagen sí dejaba entrever algo en su interior. Decidí usar uno de los deslizadores de rescate para inspeccionarlos personalmente.

Me enfundé uno de los flamantes monotrajes de exterior, ajusté el cierre del pesado casco Creit M-8 y me introduje en la cámara de intercambio, antes de abrir la compuerta de vacío. Sujeto a los asideros de seguridad, me desplacé despacio sobre la curvada superficie de la nave, hasta el cofre del deslizador de estribor, que tenía la apertura desde fuera. Era un modelo Thrigom-XT, un aparato muy ligero y manejable, apenas mayor que la bandeja de un comedor de autoservicio, pero con forma ligeramente elíptica. En los extremos sobresalían los ergonómicos mandos que servían también como sujeción para el conductor. A los lados, sendos carretes de finísimo hilo de acero de máxima resistencia se desenrollaban sin dificultad, dejando una tenue estela brillante a los flancos de mi avance. Era muy rápido, el más veloz que había tenido ocasión de pilotar. Material de primera, sin duda. En poco más de un minuto estaba frente a la cápsula de emergencia más próxima. Unos metros antes calculé la inercia y apagué el motor del deslizador, flexionando las piernas por delante del cuerpo para amortiguar el impacto. Mientras me acercaba pude distinguir, a través del quebrado parabrisas de la cabina, lo que parecían dos trajes espaciales, coronados por sus respectivos cascos, atados con sus correajes a los asientos. Que aquellas personas estaban muertas ya lo sabía. La computadora había analizado con detalle los pecios y no había obtenido signos de vida. Sin embargo, lo que pude ver entonces no lo había visto nunca en toda mi carrera como policía solar. Los trajes mantenían la postura de sus supuestos ocupantes, pero dentro de ellos no había nada. Estaban tan vacíos como los que cuelgan de sus perchas. O al menos eso parecía.

Giré el mecanismo de apertura de emergencia de la cápsula y deslicé la puerta hacia un lado. Me sorprendió que aún en esas circunstancias el vehículo conservara su estanqueidad. El sonido hueco del aire saliendo a presión, para perderse en el vacío me hizo retroceder un segundo. Si aún les quedaba oxígeno ¿por qué no habían podido sobrevivir allí dentro? Aparte del impacto en el cristal, en la cabina no se apreciaban, a primera vista, más daños.

Una vez en el interior del estrecho habitáculo, eché un vistazo a los paneles de control. Todos los sistemas funcionaban normalmente, o eso parecía. Todo correcto, salvo el piloto automático. Estaba desconectado. Y eso que el mecanismo había sido pulsado hasta reventar. El interruptor estaba incrustado en el panel y unas pequeñas fisuras cruzaban, de lado a lado, el protector de plástico. Pegué la pantalla de mi casco a la de uno de aquellos tripulantes, para mirar en el interior de aquella cáscara vacía y un amago de vómito ascendió por mi garganta. Dentro del traje, el cadáver de uno de los científicos, completamente deformado, ajado, seco como una vieja tela de esparto, parecía gritarme en silencio su espanto. Fuera lo que fuese, lo que había provocado su muerte lo había hecho de forma horrible, desde dentro del propio cuerpo, sin duda, lenta y agónicamente. Me aparté y tragué saliva. Me recompuse como pude antes de mirar en el interior del otro traje. No me sorprendió la visión de aquel siniestro estropajo humano, caricatura horrenda y desfigurada de lo que pudo ser una mujer joven, pero la sensación de náuseas casi fue la misma. No sé por qué extraña razón, me vino la idea de quitarle un guante del traje. No había terminado de retirarlo cuando una especie de polvo gris se esparció por la cabina. Al concluir la operación, pude comprobar que aquel polvo en suspensión no eran sino los restos desmenuzados de los dedos, que se habían desprendido con el leve roce del guante al separarlo de la mano. El cadáver parecía haber sufrido una deshidratación brutal, tan rápida y profunda que los tejidos, convertidos poco menos que en cenizas, se deshacían al mínimo contacto. Todo el traje era un enorme saco de polvo humano. Qué podía provocar una muerte como esa, era algo que escapaba totalmente a mis conocimientos como inspector criminal. Un pico de elevada temperatura, capaz de tal efecto, habría derretido el traje y también todos los instrumentos de la cabina. Ni siquiera el blindaje de la cápsula habría resistido. Tampoco encajaba con ningún tipo de disparo láser, un ataque con armamento químico o una fuga de gases que, en cualquier caso, habrían dejado rastros, agujeros o destrozos en el exterior del traje. Y salvo por unos pequeños arañazos, los trajes de ambos tripulantes parecían en perfecto estado.

Tomé de nuevo el deslizador y me acerqué hasta la segunda cápsula. Esta vez sólo había un tripulante, más o menos en las mismas condiciones que los anteriores. También los instrumentos funcionaban con normalidad, pero el motor estaba apagado, como si le faltara energía, pese a que el indicador de carga marcaba casi el máximo. Me llamó la atención un pequeño dispositivo electrónico que el cadáver sujetaba en la mano derecha, apoyada sobre el tablero de navegación. Lo retiré con sumo cuidado, pero no pude evitar que aquellos dedos secos se deshicieran dentro del guante. Lo examiné un momento y me lo guardé en uno de los bolsillos de la pernera. Ya tendría tiempo de echarle un vistazo a fondo con el analizador de la computadora.

Solté uno de los cables de remolcado de la cápsula y lo enganché a mi cintura. Luego, de regreso a la primera, lo fijé en ésta y accioné el tráctel hasta que ambas cápsulas quedaron una junto a la otra. Repetí la operación con el cable de la primera, fijándolo esta vez a nuestra propia nave, dejando algunos metros de distancia entre las cápsulas y el interceptor, con un perfil de remolcado atravesado en medio, haciendo las veces de parachoques improvisado, suficiente para mantener alejadas las cápsulas de la estructura de la Interlace. Desde ahí avancé con el deslizador hasta la compuerta de acceso, donde Jass me estaba esperando en el umbral. Había seguido toda la operación desde el control principal, pero ahora se había enfundado también un monotraje y estaba listo para bajar a la superficie.

- ¿Cómo ha ido? -la voz de Jass me llegaba amortiguada pero clara, con un ligero eco, por los auriculares del casco- ¿Alguna pista?

- Sólo más dudas –extendí el brazo para agarrarme a su mano mientras apagaba el motor del deslizador- y algunos encuentros desagradables. Esos pobres desgraciados tienen pero que muy mala pinta, te lo aseguro. No había visto nada parecido en toda mi vida.

El subteniente me ayudó a entrar en el interceptor y cerró la puerta detrás de mí, con un gesto enérgico y calculado.

- He encontrado esto. Lo sujetaba un tripulante en la mano… -dudé un segundo antes de completar la frase mientras le enseñaba el pequeño artefacto electrónico-- … Los cadáveres son irrecuperables. He anotado los números de serie de las cápsulas y de sus monotrajes para el estudio de identificación.

- Parece una vieja grabadora holográfica –dijo mientras me la quitaba de las manos y la enchufaba al ordenador central- ¿Cuál de ellos dices que la llevaba?

- El que iba solo, en la número dos.

- ¡Ajá! –mi ayudante sonrió satisfecho- aquí tenemos algo… nada menos que la hora exacta de la muerte.

Efectivamente, en la pantalla, todavía en negro, aparecía sobre impresionado un código horario, junto a lo que parecía un nombre o un apodo, probablemente el del autor de la grabación. Me di cuenta entonces que se trataba del final de la misma. Pedí a la computadora que descargara el archivo completo y que comenzara a mostrar las imágenes desde el inicio de la grabación.

- Me llamo Jean Baptiste Tayene, código de identificación Beta Seis, doscientos doce, maestre numeral de Xenología, nivel Uno… destinado en la base Asaph Hall

En la imagen apenas se podía distinguir un rostro sonrosado y sudoroso tras el cristal del casco. Estaba sentado a los mandos de la cápsula de emergencia y aunque parecía de algún modo aliviado por su situación a bordo de la misma, en su voz se reconocían aún signos de ansiedad y duda.

- ¡Es horrible! ¡Están todos muertos! ¡Todos!... –el autor de la grabación se dejaba llevar por el pánico–. Está por todas partes, no sabemos cómo. No, no sé cómo ha podido… por dónde… es imposible… Pero, todos, todos allí abajo, no queda nadie… o tal vez… Y las cápsulas, ¿cómo en las cápsulas? ¿Cómo en los trajes?

Hizo una pausa para mirarse, con los ojos desorbitados, las piernas, los brazos y las manos, como buscando algo. Luego, con gesto nervioso, se afanaba en comprobar el ajuste del casco. Recobrando el aplomo por un momento, el científico intentaba centrarse de nuevo en la descripción de los hechos.

- Todo empezó en las turberas del túnel A-3, en las que trabajaba el equipo del doctor Nagar. Hubo un caso, Jossie, creo. Sí, Jossie fue el primero… lo llevaron a la clínica y, eso, eso fue hace dos días, unas cincuenta horas estándar, y luego, luego todo fue muy rápido. Entonces el magíster comandante Artiles dio la orden de evacuar… Yo estaba fuera, lejos del complejo principal, al otro lado del perfil que define el Cráter Stickney, con los robots de recogida de muestras. Aunque me puse en marcha de inmediato, tardé más de media hora en alcanzar la base. Cuando llegué, por el acceso de servicios norte… ¡Ya estaban todos muertos! Todo lo que encontré eran restos de cadáveres y manchas de ceniza en los corredores principales, en la sala de control, en el hangar de las cápsulas de emergencia. Sólo quedaban dos cápsulas en el lanzador. En una de ellas pude distinguir dos ocupantes, equipados con trajes de exterior igual que yo, que se disponían al lanzamiento. Me hicieron un gesto, indicándome que abordara la otra, porque ellos ya habían iniciado la secuencia de despegue…. Pero ahora no me contestan. Puedo ver su nave a la deriva, no muy lejos… No puedo ayudarles porque mi motor se ha parado también, pero ni siquiera contestan a mis llamadas… Temo, temo… temo que estén muertos también… ¡Por todos los soles de la galaxia! No sé cuánto podré resistir… mi motor se ha parado. Lo han parado, sí, sin duda han sido ellos… La cápsula funcionaba perfectamente, pero ahora. No sé cómo lo hacen, no sé… ¡es horrible! De alguna forma, de algún modo, se introducen en los sistemas y los bloquean… Estoy grabando este mensaje para que el ordenador de abordo lo repita en el canal de emergencia… Pero no sé si funcionan las comunicaciones. Aquí parece que sí, pero no recibo nada del exterior, no capto absolutamente nada, ni siquiera la señal guía en el canal de emergencia…

El relato del malogrado Tayene, cada vez más agitado, continuaba un buen rato, centrado en recordar a sus seres queridos, en maldecir su suerte y en una turbia confesión sobre su vida íntima que no acabaría de desvelar, pues unas repentinas interferencias le impedirían completar la grabación. Sobre la pantalla en negro, los segundos aún seguirían avanzando lentos durante horas.

- ¿Qué le parece, inspector?

- No lo ha dicho –intenté evaluar tanto los silencios como las palabras del infortunado Jean Baptiste- pero parece que estamos ante una especie de pandemia. Algún tipo de virus… endemoniadamente rápido y mortal.

- Cincuenta y tres horas desde el primer caso –apuntó Jass, siempre tan eficiente para los números-. Y no lo detiene ni la estanqueidad de un traje espacial.

- Eso no está claro. Nuestro informador venía del exterior del laboratorio, de recoger muestras, –recordé- y si no me equivoco, allí afuera no tenía ningún problema. Fue al entrar en las instalaciones cuando podría haberse contagiado, tal vez al quitarse el traje de trabajo y ponerse el de navegación… ¿cómo iba a imaginar que las salas herméticas estuvieran también contaminadas?

- Entonces toda la base está contaminada. No puede haber supervivientes.

- Tampoco podemos ser tan rotundos. Tal vez hubiera más gente trabajando fuera de la base, o incluso en instalaciones segregadas, mira –señalé los planos del complejo científico que se proyectaban sobre la pantalla principal- estos hangares de aquí, junto a ese pequeño reactor, como a medio kilómetro de la base principal. Son suficientemente amplios como para tener un sistema de supervivencia autónomo. Alguien podría haberse refugiado en ellos. Y hay más almacenes y todo tipo de equipamientos distribuidos en un radio de un kilómetro. Recuerda la duda de nuestro querido Tayene –hice un gesto como mirando de reojo al satélite marciano- dijo: “o tal vez”… Él estaba trabajando fuera y sin duda sabía que habría otros compañeros haciendo algo parecido, en labores de mantenimiento, o de vigilancia…Si fueron más prudentes, o si por algún motivo no escucharon la señal de evacuación, podrían estar aún vivos ahí. Incomunicados y vivos, esperando ayuda y viendo cómo se les acaban los suministros de aire y de energía.

El subteniente me miró a los ojos, con esa mirada limpia y dura que siempre tenía cuando había que enfrentarse a un reto complicado, a un rival peligroso. Ni siquiera las interpuestas pantallas de los cascos amortiguaban la intensidad de esa mirada. Estoy a sus órdenes, decían aquellos ojos azules como el planeta madre. Estoy dispuesto y a sus órdenes porque es mi deber y nuestra misión. Porque estamos aquí para salvar vidas humanas siempre que exista posibilidad de hacerlo. Y yo le había dicho que sí, que quizá alguien nos necesitaba allí abajo y no podíamos dejarles sin haber comprobado hasta la última y más remota posibilidad.

- Pasa el escáner, uno por uno, en máxima resolución, por todos los habitáculos que encuentres. Voy a preparar la cápsula gravitacional para el descenso a superficie.

- ¿También el térmico?

- Prueba cualquier cosa… incluso donde no aparezcan parámetros de soporte vital activos… especialmente en ese caso… -me quedé dudando de si habría captado lo mismo que yo intuía, pero no quise insistir-.


- ¿No pensará bajar solo?

- Si no queda nadie con vida, será cosa de un momento. Echar un vistazo y fuera. Además, si ocurre algo es mejor que quede alguien para dar la alarma.

- Por eso no se preocupe, estoy acabando de redactar un informe con todo lo que tenemos hasta el momento. En dos minutos Control sabrá lo mismo que nosotros… y hasta puede que nos ayuden a resolver el misterio.

- ¿Qué quieres decir Jass? –no me sorprendía su diligencia para con el informe, lo que no captaba era aquello de pedir ayuda de repente, sin tener nada claro todavía-.

- Mire, inspector, me da –dijo señalándose la nariz por delante del casco- que aquí estaban trabajando con algo muy secreto o muy peligroso… o ambas cosas. Tal vez en Control alguien con la autoridad suficiente pueda indagar sobre la verdadera naturaleza del bio-agente al que nos enfrentamos.

- ¿Sospecha de una posible arma vírica?… ¿que estaban experimentando con un arma biológica?…

- Eso mismo. Y será mejor que alguien salga a dar la cara porque hay, me temo, muchos cadáveres que justificar. Será muy interesante, sin duda, lo que pueda contarnos cualquier superviviente que podamos encontrar –una sonrisa enigmática ciñó el rostro de mi subalterno-. Aguarde un momento, bajaremos juntos.

Descendimos sobre Phobos con todas las precauciones posibles. Alunizamos suavemente, en medio de pastosas nubes de polvo gris, a unos doscientos metros de los muelles de carga del recinto de aprovisionamiento. En esa zona, Jass había identificado con el escáner unas siluetas que podrían ser cualquier cosa, desde restos humanos hasta bidones de productos químicos o simple basura. Decidimos empezar por ahí pues era una forma, tan buena como cualquier otra, de iniciar la exploración. Para evitar posibles roces o rasguños con piedras o salientes afilados, optamos por emplear la propulsión de los monotrajes para desplazarnos en volandas, a poco más de medio metro sobre el suelo phobiano. La superficie era un grueso manto de regolito en gránulos finos, una especie de arena de playa, seca y pegajosa, de color gris apagado, que se levantaba ligeramente con el rebufo de los propulsores en forma de pequeñas nubes de polvo ceniciento. Decían que si alguien barriese todo aquel maldito polvo grisáceo, Phobos no sería mayor que una almendra de batana. Tal vez una exageración, pero lo cierto es que uno se podía pasar horas y horas excavando sin encontrar nada sólido bajo aquella capa de pavesas marcianas. Unas pavesas que, por un momento, me recordaron las cenizas de los cadáveres a bordo de las cápsulas de emergencia.

De hecho, no se había empezado a trabajar en los túneles de Phobos hasta que se descubrieron, por casualidad, las conexiones subterráneas que unían transversalmente las catenas phobianas unas con otras, formando una curiosa e intrincada red de galerías excavadas en el corazón mismo de la luna marciana.

Entramos por el acceso más próximo sin dificultad. El mecanismo de apertura de la esclusa funcionó perfectamente, con su chasquido característico. Continuamos utilizando los propulsores, flotando ahora por los corredores del complejo científico como los antiguos buceadores recorriendo un pecio sumergido. Una vez comprobado el origen de los ecos del escáner –dos uniformes de trabajo abrazados el uno al otro, ¿vacíos?, apoyados en un contenedor- Jass se deslizó hasta un terminal de la computadora de la base para sacar algunos datos y mandarlos directamente al procesador de nuestra nave. Entre otros datos, descargó las imágenes de las últimas horas captadas por las cámaras de todo el recinto, los registros efectuados por el departamento médico y la bitácora completa del comandante de la base. “Esto nos dará una idea de cómo transcurrieron los hechos” comentó mientras acababa de reprogramar el sistema de seguridad dejando todas las puertas y accesos abiertos de par en par.

- No creo que se escape el gato, ¿verdad, inspector?

- Perfecto, esto nos permitirá ir más rápido… y salir zumbando si fuera necesario.

- Por la derecha, inspector. Según los planos, la zona de túneles queda por ahí ¿Era lo que quería investigar, no?

- Efectivamente, gracias –respondí con un exagerado y anticuado gesto de cortesía- Siempre hay que ir al origen del problema, a la escena del crimen. Y todo empezó en los túneles…

- En las turberas del A-3, para ser exactos.

Aquello parecía la boca negra y siniestra del lobo más ruin y traicionero que pudiera imaginarse. Los cadáveres habían desaparecido, consumidos y deshidratados por el virus, o lo que fuera, que los había atacado, pero los restos de sus equipos y herramientas delataban el desastre. Al primer infectado le habían seguido, casi de inmediato, todos sus compañeros de trabajo en esa zona. Apenas habían tenido tiempo de escapar del túnel. Los equipos de rescate habían llegado hasta allí, tan sólo para sucumbir igualmente en las proximidades. Varios intentos, varias cuadrillas de hombres que se habían dejado allí algo más que la piel. Al parecer, la mayor concentración del patógeno en aquel lugar habría aumentado su voracidad y su velocidad de propagación, a juzgar por lo inmediato de su acción letal sobre aquellas víctimas. No quedaban más que los restos inorgánicos de sus vestimentas, sus cascos… Mi ayudante sacó  holovídeos para el informe y tomó muestras de la ropa, de las herramientas y del propio suelo, más oscuro y húmedo en aquel ambiente.

Salíamos de aquella lóbrega tumba cuando recibimos una alerta codificada desde la nave en órbita. La computadora remitía un mensaje de Control Inter Solar: “Recibido su informe desde órbita Phobos, el equipo de investigación biomédica consultado respecto a posible infección vírica generalizada en la base Asaph Hall, remite a la superioridad policial y militar recomendación de resolución inmediata de su investigación y el empleo de los medios necesarios para garantizar el control total de la plaga y la supresión completa del origen del problema. El mando, siguiendo estas recomendaciones, asume la decisión de aplicar protocolo Doble Cero con carácter inmediato y les ordena abandonen la zona con toda urgencia. De Control Mando Superior de Inteligencia y Policía Inter Solar. Uno, punto, Cincuenta y Ocho. Clave de máxima seguridad, oficial de guardia Kaidun Lewis.”

- Parece que tenías razón. Estos científicos estaban jugando con asuntos muy peligrosos. Los de arriba no se lo han pensado dos veces. Nada menos que un pepinazo nuclear para limpiar todo esto…

- Un Doble Cero me parece excesivo. Con la Interlace armada hasta los dientes, podríamos resolverlo nosotros mismos, y sin hacer tanto ruido…

- Espera un momento –un amargo presentimiento exprimió una gota de sudor sobre mi frente- no nos han dicho desde dónde pretenden lanzar el ataque… Ni de cuánto tiempo disponemos para abandonar la zona…

- ¿No estarás pensando que quieren borrarnos del mapa también a nosotros?

- Tratándose de Alto Secreto

Salimos disparados del complejo por el primer acceso que apareció ante nosotros. Inmediatamente, nos elevamos unas decenas de metros para visualizar la ubicación de la lanzadera. Sin cruzar una palabra, los dos pusimos dirección hacia la cápsula de descenso a la máxima velocidad que permitían nuestros trajes. En un minuto estábamos abordo, conectando todos los sistemas para un fulgurante despegue. Dejábamos atrás la superficie del satélite marciano, cuando nos llegó un segundo mensaje desde la computadora del interceptor.

- ¿Qué dicen? –pregunté a mi ayudante en cuanto identifiqué el sonido de la alerta de conexión- ¿Han disparado ya los misiles?

- No es un mensaje de Control, es un análisis de la computadora de nuestra propia nave –dudó unos segundos en digerir la información y luego, tragando saliva, explicó-. No había nadie experimentando con armas víricas. Ha sido un accidente, un hallazgo letal.

- No entiendo nada…

- Según las muestras que hemos recogido en esos malditos túneles, se trata de un patógeno alienígena desconocido hasta ahora, un antiguo habitante de esta luna, al que han despertado de su letargo de siglos. Al parecer, las viejas leyendas sobre una plaga que asoló Marte, miles de años antes de que el hombre habitara la Tierra, tenían cierta razón de ser. El Planeta Rojo no siempre fue así, un desierto de óxido férrico… Este bicho podría ser el culpable de la catástrofe más grande que ha sufrido jamás nuestro sistema solar. Y ahora, un grupo de xenólogos, investigando las posibilidades de la agricultura en Marte, lo ha sacado de su siniestro sopor. Y les ha costado la vida. La plaga ha despertado con el hambre acumulada de miles y miles de años. Arrasará con todo.

- No, no es posible, espera –intenté tranquilizarle, aunque yo mismo no sabía qué hacer ni qué decir-. No está todo perdido. El ataque nuclear borrará cualquier signo de vida que quede en Phobos, y nosotros… nosotros no estamos contaminados y…

- ¿Recuerda los restos de las cápsulas de emergencia que se estrellaron sobre Marte?... –su mirada era tan dura como sus palabras- en breve se cumplirán cincuenta horas de aquello… ¡No llega a cincuenta horas!

- ¿Y…?

- Desde hace veinte minutos estamos recibiendo sin cesar mensajes de socorro y peticiones de ayuda, provenientes de la superficie marciana. La colonia entera caerá infectada. Casi un millón de personas… ¿Comprende?

- Doble Cero sobre Marte.

 

Fin

 

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