Sakhabú, de Alejandro Morellón.

 

 

«Es una gran colección» se repetía siempre el conde de Arnús. Y era cierto, puede que la más considerable de cuantas hubiera heredado de su abuelo. Aunque, por otra parte, no había manera de saberlo, pues nunca se había preocupado de las otras; ni le llamaban los asuntos de la numismática, ni el catálogo de cuadros renacentistas, ni las armas medievales. Solamente una de las aficiones del antiguo dueño, aquella menos conocida, le entusiasmó desde el principio; incluso motivándole a continuarla, tanto que durante veinte años había hecho exactamente eso. Los pocos de entre su círculo íntimo que conocían aquel pasatiempo decían que estaba fuera de lo común, una excentricidad indebida, algo sumamente original pero infinitamente descabellado. Para él consistía el mayor de los entretenimientos.

Se contaban, entre todas sus adquisiciones, unos trescientos ejemplares conseguidos de prácticamente toda condición y tipo, cada uno logrado con el entusiasmo de un verdadero coleccionista. Lo único, y a esto hay que destinar una mención aparte, es que no era legal, ni ético, ni estaba bien visto por la mayoría; le había sido legada una extensa colección de cabezas humanas, almacenadas en frascos, que guardaba en las habitaciones del ala Oeste.

 

Él, entre la privacidad de las estancias, las atesoraba y atendía con la dedicación de la que hacen gala algunos padres hacia sus hijos, e incluso alguna vez se sorprendía hablándolas. En alguna ocasión las había llamado «mis pequeñas», y recordaba perfectamente todas y cada una; cabezas de mujer, de hombre, otras de niños; de melenas rubias, pelirrojas, morenas y otras calvas; las había de complexión escuálida, de cráneo ancho, chatas, abigarradas, con las sienes al descubierto, los párpados cerrados o la boca abierta. Las conservaba de toda clase, y a todas luces le parecía que comprendían entre todas la gran labor de su vida; cuando las observaba, a esos centenares de miembros enfrascados, le daba la sensación de estar contemplando un cuadro pintado por él mismo, como si la genialidad le hubiese dotado de habilidades suficientes para ello. Cada tarde, al terminar sus obligaciones con la administración del castillo, se dedicaba a repasar y catalogar su extenso repertorio; ordenadas como las tenía cronológica y geográficamente, desfilaba por las estanterías de la Europa Medieval, Grecia Antigua, América precolombina, Japón imperial, etc. Se detenía en cada una de ellas observándolas como quien contempla una puesta de sol, rememorando cada pliegue de piel, si lo había, cada expresión del rostro. Un día en que clasificaba los ejemplares africanos se paró en seco frente a la balda de una estantería. Sus ojos se dirigieron de inmediato a uno de esos recipientes, uno que estaba incompresible y recientemente vacío: la cabeza había estado allí hace dos días, ahora no. En la etiqueta de abajo se leía Ejemplar macho, adulto. Tribu de los Melopngu.

Rememoró aquella cabeza; una grande, muy negra, de labios hinchados y ojos negros saltones. En las cejas, y atravesándole la boca, unas cicatrices profundas le habían desgarrado la carne, según una de las costumbres tribales. Entonces cayó en la cuenta de que algo flotaba entre el formol; al verlo más de cerca, el conde formó una mueca de sorpresa, un quejido le salió de forma involuntaria y luego se precipitó fuera de la habitación. Cuando ya hubo cerrado con llave y llegado al salón principal, se hizo asistir por sus empleados. Dentro del frasco, un trozo de papel se veía, y en él unas letras escritas: «sakhabú».

 

            No supo que hacer mientras acudía el servicio, deambulaba inquieto de una parte a otra del salón principal, se rascaba la barba y de tanto en cuanto dirigía una mirada nerviosa en dirección a la estancia de las cabezas. Uno a uno los criados entraron y él adoptó la pose firme; ellos juraron no saber nada, ninguno había tocado ni había visto entrar a nadie en la habitación. Él les creyó, y ya al final ni les escuchaba, un tipo de congoja le venía ahora de otro parte, de una noche hace años.

Un miedo de tiempo atrás despertó en él desde un recuerdo antiguo, del día en que consiguió aquella cabeza. Cuando se fueron los criados y ya no hubo quedado nadie, se sentó en el sillón deshecho en preocupaciones. Se le vinieron entonces a la mente imágenes muy vívidas del suceso en la tribu de los Melopngu, hace quince años.

Aquella noche en la aldea solamente un tenue sonido de timbales se anteponía al siseo de las antorchas. Las brasas iluminaban el negro pigmento de aquellas siluetas que entonaban para sí cánticos extraños; el blanco de sus ojos se distinguía en momentos fugaces pero, por lo demás, aquellos aldeanos parecían sombras entre la sombra. En círculo, rodeando a un hombre clavado entre estacas de madera, parecían rendirle los postreros homenajes que salían como susurrados de sus bocas anchas. Atado de pies y manos el reo ofrecía su cara de odio a todos aquellos, su propia familia, que le sentenciaban. Desde un lugar un poco alejado estaba él como asistente presenciando el ritual de la tribu, diciéndose para sí que aquella cabeza sería suya una vez separada del cuerpo. El ruido de los instrumentos arreció unos instantes, uno de los que estaba sentado cerca se aproximó al reo y le practicó unos cortes en las cejas. Por única respuesta, aquel solo murmuró lo que parecía ser una plegaria, mientras de su rostro comenzaron a brotar hilillos de sangre que apenas ofrecían contraste con la piel parda. Poco después se le acercó un segundo y éste le hizo un tajo en la boca, muy profundo. Los lamentos de la víctima, los murmullos del resto, el percutir de los instrumentos, todo componía un frenético amalgama de ruido animal y salvaje.

 Todos los ojos estaban puestos en el condenado, que se retorcía con odio y cuya boca era fuente de rojo espeso. En un momento dado dejó de moverse. Como por última voluntad, se irguió solemne y enfiló la mirada directamente hacia donde estaba el conde, medio escondido por las sombras. No había duda de que le maldecía con la mirada. Y aquello siguió, sin que el conde se atreviera a moverse, hasta que los murmullos cesaron y los timbales concluyeron su ritmo. Entonces sólo la voz colérica del negro se escuchó por encima de todos los demás sonidos; de entre los labios mutilados brotó, a modo de desafío, su última palabra. Inmediatamente después, un tercer hombre le rebanó al reo la cabeza con un hacha.

 

Ahora volvían a él los terrores de la tribu; recordó también que cuando el reo fue decapitado, todos se le volvieron asustados, y al preguntar por el significado de la palabra nadie se dignó a contestarle. Uno de ellos le llevo una mano al pecho y le ofreció una mueca de compasión. Esos recuerdos, como un ponzoñoso nervio que le consumiera el ánimo, le tuvieron turbado por unas horas, hasta que se puso en pie. «He de buscarla, pues me pertenece» se dijo, y en ese arrebato de valentía se precipitó a todos lados del castillo, a su encuentro. Buscó en todas las cámaras, en cada una de las habitaciones, removió las salitas; bajó hasta los sótanos, desde los que se escuchaban chillidos de algún roedor; subió a los altillos, atravesando escaleras apenas infranqueables. Tenía en todo momento la temible impresión de que aquello se le aparecería de golpe, quizá al doblar la esquina o al abrir una puerta. Entre sobresaltos desfilaba por los pasadizos del castillo con las dos voluntades enfrentadas; la una, la necesidad de hallar la cabeza; la otra, el pavor que le tenía al encuentro.

Se decía a sí mismo, mientras desandaba una y otra vez los trechos del castillo, que sin duda uno de sus criados, conociendo el suceso de la tribu, le había querido gastar una broma, o por despecho, hacerle sufrir. No creía en la superchería, pero aún así, fue inevitable que una sospecha latente le viniera siempre al pensamiento: «podría ser que el espíritu de aquel...» Y luego, al cabo de poco lo negaba rotundamente, sintiéndose algo ridículo.

Durante horas anduvo, primero solo y luego acompañado de sus criados, inspeccionando cada parcela de cada estancia; trasteando los fondos de armario; destartalando el salón de música, poniendo patas arriba la habitación de las visitas, desordenando los baños. Todo cuanto se topaba el conde era objeto de registro, en todos los objetos temía y ansiaba el encuentro.

 

Al terminarse la noche, después de consumirse las bujías, despidió a los criados a sus habitaciones y fue él también a acostarse, casi sin fuerzas. Por recelo, cerró la puerta y dejó encendidas las velas de la habitación, una a cada lado de la cama. Ya echado y sin poder cerrar los ojos se esforzó por pensar en otra cosa que no fuese aquella noche. Imposible. Se le repitieron una y otra vez los lamentos del reo, la sangre, la mirada de odio, y a cada momento que sucedía se sentía más angustiado. No supo cuanto tiempo permaneció así hasta que la vela osciló levemente.

Fue solo un sutil vaivén, un ligero ladearse de la llama, como por una corriente de aire. El conde, echado de espaldas a la puerta, se preguntó si no la habría dejado abierta, pero entonces recordó haberla cerrado. La llama volvió a temblar y el frío del pasillo se internó en el cuarto. Alguien, entonces, acababa de abrir ahora.

Los ojos del conde se abrieron más aún. Totalmente aterido por el pánico no se movió lo más mínimo, demasiado asustado como para atreverse a mirar. Escuchó, produciéndole una ansiedad indefinida, que algo se arrastraba, torpemente, por el suelo de la habitación, a sus espaldas, salvando la distancia que había entre la puerta y la cama.

En aquel momento, tan repentino que el conde dejó de respirar, sintió un tirón de sábanas y justo después un peso que se desplomaba sobre la cama, a sus pies. Creyó por un momento desfallecer. «Es imposible, imposible» pensaba; aquello, que pesaba unos cinco quilos y que al caer junto a sus piernas lo había sentido rodar como un objeto redondo. «Imposible» volvió a repetirse. Durante un rato no se movió más. Pronto le llegó un frío procedente de donde notaba el peso, sintió en sus piernas que las telas se mojaban, comenzó a temblar y eso se movió ligeramente. De lado como estaba no podía ver más que la pared blanca que ofrecía los destellos de las velas del cuarto. Por un momento dudó si salir corriendo o volverse y encararse con lo que fuera, pero no hizo nada, pues al instante notó que la cosa volvía a desplazarse, con un ritmo pesado y lento, hacía arriba de la cama. Cuando hubo llegado a la altura de las caderas, la luz de los candiles alcanzó a proyectar una sombra sobre la pared de enfrente. Cuando la vio dejó escapar un gemido. Se distinguía, entre la forma de las sábanas arrugadas, algo que se movía, que reptaba hacia él, la sombra de una cabeza.

Y cerró fuerte los ojos.  Luego la sintió tras de sí, ocupando el otro lado de la almohada, y se detuvo. Le vino entonces un olor desagradable y un líquido le chorreo la nuca. Además, y como último temor, las emanaciones de un aliento le golpearon la nuca, y escuchó un susurro que le vino de muy cerca. En la oscuridad de sus párpados, entre la tensión y el exagerado silencio, el conde oyó hablar a la voz del tiempo, mezcla de sonidos ancestrales y compuesto como por timbales en la lejanía. Una última palabra, la de la cabeza negra que le hablaba por detrás: shakabú.

 

 

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