Universo calcetinero

Dedicado a todas las mujeres y todos los hombres que, sin  darse cuenta, viven en una relación parásita (va dirigido a los que son "huésped" del chupasangre, no a los invasores porque estos o lo tienen muy claro o no se dan cuenta y tampoco serviría de nada explicáselo...).
A veces con la excusa del amor, permitimos que nos invadan demasiado (o totalmente) y perdemos la perspectiva sobre quién somos y qué queremos. A veces, nos dicen que nos aman con tanta vehemencia y pasión que no nos damos cuenta de que  son palabras vacías que sólo esconden interés, egocentrismo, egoísmo...

A veces, nos vemos atrapados en una espiral de acontecimientos que nos lleva a perdernos a nosotros mismos.

A veces hay que ser valiente y saber poner punto y final (quizá el signo de puntuación que más cuesta poner en la vida).

 

Va por vosotros! Espero que este relato ficción/realidad  os ayude, a mí me ha servido de mucho :-)

P.C. (Por cierto). Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


Alicia Misrahi. Autora de Sé Mala, Liguemos.com y Todo lo que no has de hacer si buscas amor.
Página web: www.aliciamisrahi.com

 

Universo calcetinero

Todo empezó con dos copas de vino en una cita romántica. Tras la cena, me invitó a tomar algo en su casa y no me lo pensé dos veces. Nada me apetecía más.
Las risas, el brillo de las copas y su sonrisa. Un brindis, entrechocar de las lenguas. Risa de bohemia, el vino color rubí en sus labios deliciosos, su olor… perdí la cabeza, era una ola física, un abrazo que me hizo sentir pequeña y protegida, querida, a salvo. No tenía que decidir nada, sólo dejarme llevar, y me gustó.
Estaba cansada de tomar todas las decisiones en el trabajo, en mi casa con mis hijos, en mi vida, con mi familia. Estaba harta de bregar con clientes y proveedores importantes e imposibles y sólo quería descansar.
El vino en los labios, los besos en las copas.

 


Como testigo de nuestro nuevo amor, quedaron las copas de vino a medias, nuestras ropas entrelazadas en el suelo, mis botas montando guardia en el salón.
Era salvaje, cariñoso, protector, envolvente, amoroso, especiado, intenso, delicado aunque robusto, maduro pero fresco, elegante en boca.
A partir de entonces, viene cada día a mi casa, mimoso e indomable, y mi corazón da un vuelco cada vez que se abre la puerta, porque sé que es él. Se abraza a mí como un niño perdido, me abrazo a él y me camuflo entre sus fuertes músculos, me apacigua. Entre abrazos y pasión y noches de amor y besos, vivimos en un universo paralelo que me alela y me disipa, como el alcohol de una copa de vino en un encuentro amoroso.

Al cabo de dos meses, las copas seguían vigilando el salón de su casa, mohosas como nuestro amor rancio y gastado. Dede un primer momento, refrené mi instinto maternal sin darme cuenta y sin saber por qué y dejé las copas a su libre albedrío. Me encogió el corazón que viviera solo, me enterneció que fuera un niño perdido y que necesitara ayuda para hacer algo tan sencillo (aunque pesado) como tener la casa arreglada y limpia. Aun así, algo me impidió recoger las copas y arreglar el salón.

 

En el fregadero de su casa, los platos sucios de hace semanas, meses, quizá años, seguían  un camino parejo.
Hay amores que crean familias, el nuestro ha criado una colonia (de hongos).
Me pregunto si mi amor tiene un punto ciego en la visión o un ángulo -tan muerto como sus olorosos calcetines- que impide que vea el lento fenecer de aquellos recipientes que contuvieron nuestra primera cita y que siguen allí en su casa olvidada.
Por mucho que me esfuerce, por mucho que le diga, por mucho que le pida, por mucho que insista, por mucho que discuta, chapoteamos en un lodazal de caos; nuestro amor es como un calcetín sudado, un calcetín perforado por los agujeros de su memoria y de su dejadez y desatención. Vivimos en un universo calcetinero poblado por esas fundas mugrientas en las que embute sus pies y que dejé de lavar hace tiempo en señal de protesta.


Mi amor, que se abraza a mí como un osito, tiene la capacidad de concentración de un niño de tres años. Es un hombre pulpo, un hombre invasión. Sin darme cuenta, este alien que me aliena se ha instalado poco a poco en mi casa, ha colonizado mis armarios, mis estanterías, mis amigos, mi vida, los sueños de mis hijos, mis pesadillas y mi amor por él que sigue creciendo como el moho en las copas de nuestra pasión.


-¡Ya estoy en casa! –grita alegre cuando llega-. Fiiiiuuuu fiuuuuuuu (suenan sus calcetines mientras los lanza al aire para que describan una alegre cabriola antes de caer en el suelo, encima de las lámparas, sobre la mesa o en cualquier otro lugar que consideren oportuno). En mi casa, me vence mi instinto materno y corro a recoger todo lo que tira o deja a su paso. Aun así, su capacidad para crear desbarajuste es superior a mi velocidad recogiendo, limpiando y ordenando y nuestro universo calcetinero sigue creciendo como un big bang acelerado y en permanente expansión.


Algunas veces vamos a su casa a buscar algún trasto con el que llenar aun más mi desbordada casa. Le acompaño resignada y soy testigo mudo de la decadencia de las copas que contuvieron nuestro amor. Ya no tengo tentaciones de recogerlas, sólo me pregunto cuánto tiempo podrá mantenerlas sin lavar.

 

Alguna noche ha organizado una cena en su casa para agasajar a algunos amigos. Mi amor sigue sin percibir la penosa existencia de los cálices de morapio amoroso y de los platos que se amalgaman de inmundicia en el fregadero quienes, por otro lado, tienen ya vida propia y son un potente catártico para nuestros invitados; más de uno me ha confesado que desde que ha visto las copas no deja los platos sucios para el día siguiente. Quizá la misión en este mundo de mi amor y de sus copas es proclamar y propagar la limpieza universal dando un antiejemplo.


En nuestro universo calcetinero, toda su ropa está esparcida por la casa como si tuviera vida propia. A veces pienso que sus prendas tienen alma y que se se diseminan diabólicamente cuando no miramos. “Fiuu Fiuuu”, saltan alegremente en sus fiestas privadas y anárquicas, confundiéndose en perversa algarabía con los zapatos, los juguetes de mis hijos, las herramientas tiradas en cualquier parte, los ordenadores y pantallas recolectados de la basura, los malditos pañuelitos de papel,  los vasos sucios que se teletransportan a cualquier destino incluidas las estanterías o los altos del armario, las migas y manchas de grasa en el teclado del ordenador y todos los mandos de la casa, la pila de microondas adoptados del vertedero…


Como el caos se expande más que el universo, tiende a colonizar nuevos espacios. Tenemos una estantería llena de herramientas en la entrada del edificio. Y una escalera y unas cuantas macetas en el parque de al lado. Pronto será nuestro jardín...

Le amo, le quiero y estoy locamente enamorada de él, pero no puedo más. He probado a decírselo con buenas palabras, con argumentos, con súplicas de que necesito ayuda, con gritos, con amenazas, con razones, pero es incapaz de recoger nada o de hacer cualquier tarea doméstica. “Ahora toca machacar a Ramón” –dice con su sonrisa encantadora-, “no me voy a enfadar contigo, te quiero demasiado”. La ventaja es que nunca se enoja por nada de lo que le digo, el inconveniente es que es porque le da lo mismo: le entra por una oreja, le sale por otra y se cae al suelo dentro de un zapato, sobre un pañuelito de papel o en el interior de un vaso churretoso.


Sé que no es por maldad, no sé si es por dejadez o por egoísmo o por vagancia, aunque sospecho que se trata de un trastorno por déficit de atención no diagnosticado. Lo vi claro el día que dijo que iba a limpiar de malas hierbas el jardín y aseguró que lo terminaría en tres horas (“nada me distraerá de mi misión”) y, por el camino, vio un tronco que él mismo había dejado en medio y se puso a serrarlo. Del arreglo del jardín nunca más se supo.
No lo sé y no quiero saberlo, tiene la memoria y la atención de un niño de tres años y yo ya tengo dos hijos.

 



Le lego mi casa, rescindiré el alquiler, me daré de baja de la luz, del teléfono y del agua y le dejaré los muebles manchados de todo tipo de sustancias que no quiero ni saber que son y todos los trastos que él recolectó “por si acaso”, incluidas la cuna del hijo que nunca tendremos, las piezas de ese radioCD que desmontó para arreglarlo, y las cuarenta cajas que contienen diversas partes de bolígrafos. Dijo que si montaba bolis veinte horas al día podríamos irnos de vacaciones a las Seychelles en dos meses. Montó diez bolígrafos y lo dejó. Desde entonces, lo que fue mi casa también está lleno de muellecitos, tapetas, pulsadores, minas pisadas que han construido su propio río azul por el pasillo, etc…


Me voy con mis hijos a otra ciudad para empezar de nuevo y le dejo en ese agujero de gusano con destino a ninguna parte que ha creado en lo que fue mi hogar; que viva como quiera sin mí, yo abandono el interior de tubo del calcetín en el que hemos vivido durante este tiempo, no puedo respirar, el aire está macilento y viciado y no hay salida. Que disfrute él sólo de su universo calcetinero, quizá algún día se dé cuenta de que no estoy, quizá crea que me he perdido dentro de una caja de trastos o detrás de un armario y me busque desesperadamente (hasta que tropiece con un nuevo tronco por serrar).

Quizá el amor sólo dura lo que el vino en las copas y no vale prolongarlo artificialmente criando una familia de hongos. Adiós.
 

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