En brazos del Amor... Cortés

 Las mujeres somos seres adorables a las que, por tanto, los hombres tienen que adorar. Estos preceptos los tenían muy claros las aristócratas que concedían con cuentagotas favor a favor a sus admiradores en las épocas del Amor Cortés. ¿Cómo podemos emularlas en nuestro provecho? Soy Álex y he entrado en el camino de la dominación.

 

Alicia Misrahi, autora de Sé Mala y Manual de la aprendiza de depredadora www.aliciamisrahi.com 

 

Provenza. Siglo XI. El enamorado, tan apuesto como nervioso, recita su poesía a su adorada, donde sólo hace que constatar mediante palabras de dulce  y rendida admiración sus perfecciones. El hecho de que el trovador pueda alabarla con sus versos es todo un privilegio.

 

La dama le sonríe. Ha sido un gesto casi imperceptible, pero él se siente feliz. Hasta que cree adivinar un gesto adusto en su hermoso rostro y su amor se convulsiona en su corazón. La ama, con esa desesperación que concede el deseo no satisfecho. El día anterior, ella le dejo tomarla brevemente de la mano y, desde entonces, él no puede pensar más que en esa caricia electrizante y en el instante en que, finalmente, los labios de ambos puedan juntarse. Pero ese momento parece aún muy lejano, suspira.

Muy lentamente, ella le dejará ganar terreno hasta conducirlo a su lecho. Entonces, seguramente su amor terminará.

 

 

¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?, nos preguntaremos siglos después.

 

Poderosas y prohibidas

Las mujeres, normalmente casadas y de alta cuna, que practicaban el Amor Cortés habían descubierto El Poder y, también, el atractivo de lo prohibido, un aliciente que recomiendo probar de vez en cuando. Como Álex experimento todo lo que puedo, pero reconozco que todavía estoy en una prometedora primera fase.

Más interesadas y avispadas que ellas, algunas mujeres, que se enmarcan dentro del amplio abanico del BDSM para disfrutar con la doma total de hombres, los esquilman o exprimen a placer. Son hombres que parten de la base de que las mujeres son superiores (tentador, ¿no?).

 

 

Adoración de la mujer

Las modernas practicantes de la exaltación de la dama, basada como el Amor Cortés en el control del deseo, otorgan a veces placer a sus súbditos, a quienes podríamos llamar también esclavos, vasallos o sirvientes. Si las amantes corteses basaban su poder en un progresivo y tormentoso escalonado en la concesión de atenciones, las Ama(da)s de la actualidad fundamentan su dominación en dos pilares fundamentales: la continua excitación y provocación de su sometido (teasing) y el control del orgasmo (Cum Control). Como muchas amas y muchas mujeres con alma de ama saben, un hombre insatisfecho es un hombre más manejable y más atento y complaciente...  No sintamos pena por ellos, si les gusta este juego de roles lo disfrutan enormemente.

Para saber más sobre las técnicas de control del sexo masculino, podéis ir a: https://controldelorgasmo.iespana.es.

Un inciso: si entramos en este juego, hay que estar preparadas mentalmente para evitar ser víctimas de nuestros tejemanejes y tener algún amante de reserva con el que podamos regocijarnos sin tener que estar pendientes de someterlo.

De todas formas, que el vasallo no tenga derecho a disfrutar, no implica que no pueda dar placer a su amada... Es más, el hecho que le dé placer sin que él quede satisfecho, reforzará el vínculo. Y ahí es donde entra nuestro amigo el cunnilingus.

 

 

¿Por qué administrar el deseo?

Por tanto, queridas, sigue funcionando el negar el sexo a los hombres (o dosificárselo...) como forma de conseguirlos...

Pero no por hacerse valer y por no parecer fáciles, de forma que nos pongamos bajo su jurisdicción y aceptemos ser juzgadas, sino como manifestación de nuestro poder y ¿por qué no? como juego.

Asimismo, nuestros objetivos cuando decidimos dominar a través del deseo, no deben ser conseguir marido, atar al novio para que acceda a firmar una hipoteca de por vida o enamorar... Son fines demasiado vulgares.

Nuestro objetivo tiene que ser retar nuestra habilidad, divertirnos con el hombre elegido, jugar, subyugar, disfrutar del poder...

Como mucho, como hacen algunas de las mujeres más espabiladas y desvergonzadas, nuestro reto podría ser controlar a un hombre con el fin de solventar nuestro futuro. Recomiendo hacerlo a gran escala, sin piedad, sin tregua y con el hombre más rico que podamos encontrar. En estos juegos, no se puede ir con mediocridades.

Me parto de la risa con las técnicas que recomiendan para pescar incautos en el artículo ¿Cómo pasar de ser una mujer pobre (y olvidada) a una Rica y con Status?, dentro de un blog que, por lo demás, está muy bien y contiene mucha información: https://lasmujeresmandan.blogspot.com. Una lástima que ya no se actualice...

No sé, dicen que los más poderosos son los que más disfrutan de los juegos de dominación... (y de humillación), pero si queréis cazar a un mirlo blanco rico tendréis que ser mucho más sutiles (Yo es que iba para cortesana y me torcí...).

 

 

A su servicio, señora

También despiertan mis fantasías más ardientes los cavalieri servente de la época de Lord Byron, en la Venecia del siglo XIX. Con más derechos que los caballeros del Amor Cortés, tenían, asimismo, muchos deberes, como servir a su dama -también casada con otro-, en todo lo que necesitara (¡Suena realmente bien! Y aquí es cuando me digo: “Álex, te has equivocado de época).

 

No obstante, como demuestra esta carta de Lord Byron fechada el 19 de diciembre de 1816 hay que saber escoger y tener la precaución de no elegir un caballero poco servicial o demasiado patoso:

 

“El apéndice amoroso que nosotros llamamos amante aquí recibe varias denominaciones -a veces "Amoroso" y a veces "Cavaliere servente", que, no hace falta que te diga, es un "caballero al servicio de". Le dije a mi amada, desde el principio, que en lo del amor y la caballerosidad estaba muy de acuerdo, pero que lo de la servidumbre a mí no me iba y le rogaba que no la volviera a mencionar. Como puedes suponer, en eso de las ceremonias yo no haría muy buen papel.

Tan mal lo hago que en lugar de ayudar a la Dama, como era mi obligación, a entrar en la góndola, estuve a punto de arrojarla al canal (y encima a medianoche). Estaba más negro que la boca de un lobo, pero deberías haber visto con qué seriedad la estaba arrojando al agua mientras pensaba en otras cosas. Siempre me olvido de que las calles son canales y pretendía ayudarla a cruzar andando por el agua, hasta que los criados y los gondoleros me despertaron. (...).”

  

 

 

Un toque de crueldad

Un toque de impaciencia y de crueldad y de altivez, sabiamente administrados, mantendrán siempre alerta al caballero en cuestión. Pero cada hombre tiene su justa medida y sólo una mujer inteligente y perspicaz sabrá dársela.

He visto casos extremos. Como Alberto, enamorado locamente de Carol que era despiadada con él, caprichosa, le maltrataba y le decía que no era digno de ella. Vivían en una bronca casi continua. Si a Alberto le preguntabas por qué la aguantaba o qué le gustaba de ella, lo único que era capaz de decir era: “Cuando sonríe se ilumina la habitación” Ese tiene que ser nuestro objetivo en este juego: ser la luz del hombre para que satisfaga nuestros más pequeños deseos.

En este punto, la seductora implacable que habita en nosotras debería exclamar: “¡Prefiero que satisfaga los grandes!”.

¡Suerte y mano izquierda dura!

 

 

 

Las armas de la domadora

Él nunca sabe qué está pensando ella.

El estado de él es la incertidumbre: así estará pendiente de agradarla.

A épocas especialmente gratificantes, le sigue un buen palo.

Alguna vez le premia sin motivo.

Le provoca continuamente, le hace perder la razón de deseo.

A veces, cuando a ella le apetece, le permite satisfacerse y/o satisfacerla.

Es caprichosa y cambiante.

Le hace rendir pleitesía. Él le prodiga atenciones, cortesías, galanterías, obsequios, detalles y regalos.

Llega un punto que ella no tiene que pedir nada: él se esfuerza por complacerla.

Si él se equivoca, es castigado. Si él la agasaja y atiende como ella se merece, es recompensado... O castigado, porque ella es caprichosa.

Para él son preciosas sus sonrisas, sus palabras, sus halagos y su felicidad. Si ella es feliz, él es feliz.

 

 

Qué se puede pedir a un caballero sirviente

Que te abra la puerta y te deje pasar primero (excepto si hay peligro)

Que sea atento y caballeroso en todo momento.

Que te dé placer cuando quieras.

Que te haga masajes, especialmente en los pies.

Que te meta en la bañera, como el sirviente negro de Paulina Bonaparte (si es fuerte), y, si no, que al menos te bañe.

Que mantenga en forma tu hogar.

Que te obsequie fruslerías caras, aunque no venga a cuento.

Que te ayude a vestirte y desnudarte (si te apetece).

En definitiva, que se desviva por complacerte.

 

 

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