Estas Navidades, el Regalo eres tú

Soy Lex y ahora sé la verdad sobre los reyes magos, los caballeros andantes y los príncipes azules  y sus regalos.

 

Alicia Misrahi. www.aliciamisrahi.com

 

Confieso que en algunas ocasiones he hecho regalos con la intención de que fueran para mí. Luego las parejas terminaron y aquella maravillosa bañera de hidromasaje, que compré con su tarjeta de crédito porque la mía estaba tiesa, se quedó con gran tristeza de mi corazón y de mis lumbares en el piso que compartimos y que también pagaba él aunque era de los dos.

 

Lo mismo me ocurrió con el mini home cinema con butacas de cine incluidas que montamos en casa de mi segundo ex marido. Tengo demasiada clase como para reclamarlo.

Me llevé, eso sí, todos los regalos que me habían hecho. Los hicieron con tanto cariño que no podía lastimarles con mi rechazo.

 

 

Me llevé conmigo, por tanto, los pendientes de diamantes (ya lo dice su lema, “un diamante es para siempre” (se sobreentiende que aunque se termine la relación)), los conjuntos de suntuosa lencería pícara, los vestidos de marca (tampoco me voy a poner a presumir aquí…), las joyas, las vajillas, la plata, las alfombras, las piezas de arte… En fin, fruslerías a las que tenía cariño.

 

En la ruina, a veces he pensado vender mis alhajas, pero tienen un gran valor afectivo para mí. Quien lo hubiera dicho, en el fondo soy una sentimental.

 

En otra época, tuve una actitud interesada hacia los regalos. Medía el amor que me tenía un compañero, una pareja, un novio, un marido o un amante por la cantidad de dinero que había gastado en comprar mi regalo.

En aquel entonces, no sabía nada de los regalos de desamor, de los regalos culpables, de los regalos que intentan redimir desatención e infidelidad: de la adquisición de la otra persona y de su silencio y de su aquiescencia hecha con obsequios; de la compra de la permanencia de una persona en un “hogar”…

Sí intuía algo sobre las obligaciones de regalar cuando toca y me rebelaba. Los regalos deberían salir del corazón.

 

 

Pero ahora he cambiado. He madurado mucho y hacia los regalos tengo una actitud Zen (de todo a Zen, que es lo único que puedo comprar para regalar este año (y el anterior)). Digamos que la escasez ha agudizado mi ingenio y me ha hecho apreciar las pequeñas cosas de la vida.

Como un paseo en mi Audi, que me regaló mi tercer amante, con mi amigante para hacer un picnic bajo la noche estrellada y pasear al lado de la luna. Íbamos flotando, estábamos realmente codo a codo con el satélite con la tierra a nuestros pies y con él rendido a los míos.

 

Me han hecho regalos muy buenos, he hecho regalos muy generosos de dinero y muy cicateros en sentimientos.

Pero, sin duda, los mejores regalos que me han dado jamás son los que contenían una parte de la otra persona, los que jamás hubieran gustado a otra persona que no fuera yo, los que han elaborado para mí con tiempo, esfuerzo y cariño.

Y, entre todos, los mejores son los de las personas que me han regalado su tiempo y su imaginación: un día de risas, una velada jugando a juegos divertidos, un café sin prisas, una conversación en un momento en que necesitaba que me escucharan, un diálogo lleno de ingenio, un paseo en silencio y calma, un abrazo, una cena cocinada para mí, una velada romántica y temática disfrazados de las mil y una noches o de cualquier otrra cosa, comprensión, un masaje, una velada en la que me prometieron cumplir todos mis deseos…

 

 

Estas navidades, regálate a ti mismo para pasar ratos divertidos, tiernos, locos, cariñosos, surrealistas, dialogantes, familiares, nostálgicos, solidarios, juguetones, tranquilos…

 

Tengo una amiga que no hace nunca regalos en fechas señaladas y sólo obsequia a las personas a las que le apetece. No entiende el estrés de salir a última hora por obligación a comprar regalos que no te apetece hacer ni mucho menos el gran resacón postfiestas (“fíjate, sólo se ha gastado xxxx euros en mi regalo cuando yo me he gastado tanto” o “me quiere menos que a mengana porque mi regalo es peor” o “la bufanda que me regaló es más corta que la que le he comprado yo”)…

Cuando mi amiga ve algo que es ideal para una persona, lo compra y se lo da al momento, sin esperar la fecha. Sus amigos y familiares nunca sabemos cuándo nos va a tocar y siempre es una sorpresa arrebatadora y emocionante. En todos sus regalos hay una parte de sí misma y de su ternura y generosidad.


Por eso, estas navidades he decidido seguir su ejemplo y regalarme a mí misma. Sin duda, soy el mejor regalo. Tú: también.

 

 

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