La gran insignificante cuchara

En mi casa todos somos de cuchara. Unas fabes con almejas, cocido madrileño, potajes, sopas castellanas y el arroz brut, se comen con cuchara. En invierno se usan más que en verano y el estómago y el cuerpo quedan reconfortados. España es un país de cuchara por allá donde quiera que vayas. El buen tiempo trae el gazpacho, sacando a la cuchara su máximo encanto. Me gusta ordenarlas juntas, en el mismo cubilete del friegaplatos. Me relaja el tintineo que susurran al dejarlas caer en el separador del cajón de la cocina. Ver como alguien se toma un café y lo remueve con la suya, es otra gran experiencia amistosa que culmina al desaparecer el azúcar, bailando espirales a ritmo de samba en el fondo del vaso. Hay parejas que incluso duermen haciendo la cucharilla, mientras otros que no la tienen, desean profundamente encontrar un amor y emular abrazados a la persona elegida, esa peculiar forma tan bonita . Usarlas para postres es la mejor manera de definir lo que entendemos por compartir, decantarnos por la elección unánime y sobre todo, ver llegar al camarero que se acerca sigilosamente sujetando el plato y lo posa en la mesa repleto de ellas que luego depositaremos a cada lado. Disfruto con esto que me revela la verdadera esencia de la amistad, del cariño y del afecto.
 


Qué grandes son las cucharas! y quizás nadie haya reparado. Las hay soperas con las que de pequeña jugaba a mirar imágenes deformadas. Otras son de plata, que emulan reuniones importantes y citas especiales. Algunas veces sirven para entretener a los niños. Recuerdo como intentaba sujetar una de esas en la nariz de mi abuela sin maña. Y como calmaba mis nervios la cucharita avioneta con la que mi sobrina engullía papillas, tras el gracioso golpe de muñeca de las preciosas manos de algodón de mi hermana Carolina. Me conmueve el sonido acampanado que mi padre infringe con ellas en la cristalería cada vez que quiere hacer un parlamento, preludio de un gran brindis por alguna buena noticia, festejo navideño o aniversario. Qué gran historia la de la cuchara, la inventó Leonardo?. Ese trajo al mundo las servilletas porque le parecía blasfemo que Ludovico Sforza, usara como tales conejillos adornados que amarraban a las sillas para que los comensales pudieran limpiarse la grasa en las pieles de sus lomos.

La cuchara es más lejana que la servilleta, que data del S. XV y ya las usaron nuestros antepasados paleolíticos como utensilios para muchas cosas. A partir del siglo III a.C el uso de la cuchara comienza a imponerse en el ámbito doméstico de las clases altas de las ciudades helenísticas. Las raleas más altas del Imperio Romano dispusieron de complejas vajillas con múltiples tipos, destinadas a alimentos muy específicos; había tres principalmente: la cuchara pequeña y puntiaguda o Cochlear (empleada para definir la medida de capacidad de apenas un centilitro o cuarto de Cyathus) servía para vaciar y coger huevos, mariscos y caracoles; la Ligula, algo mayor, para tomar sopas y purés; y la Trulla, que suena a una especie de insulto y  un tipo de cazo, con capacidad de un decilitro, cuya función era trasvasar líquidos.



Y sin embargo, parece que en Asia no les hacen mucho caso y prefieren usar los palillos y arrimar el cuenco al cráneo. A veces, me da vergüenza utilizarla para comer helado delante de extraños, sobre todo, cuando la suelto panza arriba dejando a la vista de todos, el resto que mi boca ha olvidado. El tenedor o tridente neptuniano, es agresivo y simpático pero no sirve para tanto y cuando escasea, la noble y voluptuosa cuchara lo suple con su hábil encanto.

Por Cristina Gamero

 

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