Mallorquines en el Camino del Rocío

 El Camino es la distancia que has de recorrer desde el punto de salida hasta la Aldea.

El punto de salida de los rocieros mallorquines fue un lugar del extrarradio de Almonte, conocido como el Campo del Higo.  El Camino fue desde ahí hasta la Casa de la Hermandad de Rocío de Palma, situada en la entrada de la aldea del Rocío. Entre una cosa y otra, unos veinte kilómetros que se recorrieron en siete horas. Sin  prisas, pero con las pausas necesarias para recuperar las energías que pierdes al andar. Porque se trata de hacer camino al andar, y no agotarse a las primeras de cambio. O malograr la caminata por motivo de rozaduras o ampollas  que se producen por no  llevar el zapato adecuado, como los botos.

Antes de viajar en autocar a Almonte, se desayuna copiosamente en el comedor de la casa a base de pan tostado con manteca y café con leche.  Durante el desayuno se recuerda el plan: misa, Camino hasta el Pastorcito, almuerzo y Camino hasta la aldea. Luego cada cual a su dormitorio, a vestirse de gala, ellas de gitana, ellos de corto, y al autocar.

A los de las casa de Pavón se les unen los de la casa de la plaza de Doñana. En media hora estamos en el punto de salida del Camino. Pero antes de salir asistimos a  la misa rociera,  en pleno campo, entre pinos. Una mesa a modo de altar revestida litúrgicamente, y enfrente, de pie, los romeros,  y en uno de los laterales de aquel improvisado templo en plena Naturaleza, el Sin Pecado, que esta vez peregrina sin carreta, llevado por los romeros, lo que supone trasportar  15 kilos ceñidos a la cintura, que es lo que pese, por turnos.

Esta año, como no ha ido el pater de la Hermandad,  ha celebrado el oficio el titular de la Hermandad de Valencia Cultural. Finalizada a misa, como hay que pasar por la iglesia de Almonte donde serán recibidos por representantes de la Hermandad  Matriz, que es la de esta localidad, al celebrarse poco antes de la hora prevista de ese encuentro de hermandades frente al templo el funeral por un joven vecino, fallecido en accidente de coche, no queda más remedio que demorar durante una hora el horario previsto. 

 

Los peregrinos nos dividimos  en dos categorías . Los que hacemos el Camino a pie, y los que, de vez en cuando, se suben a las carretas a reponer fuerzas. Y los hay también que  van siempre en carreta, aunque son los menos… aunque a decir verdad, suelen terminar más apalizados estos últimos, sobre todo cuando esta rueda sobre el terreno arenoso. Que desde el Pastorcito es siempre.

A  la salida de Almonte, y tras habernos comido un bocadillo y bebido cerveza o agua,  caminamos durante largo trecho al lado de Conchi, de 84 años de edad, la más veterana de la Hermandad y rociera hasta la médula.  “Solo he faltado dos años a esta cita –nos dice-. Fue en el 2009 y 2010, debido a que me pase un año en  Son Llatzer tras una operación que se complicó un poco. En medico me había dicho que de esta no salía, pues mi mal era grande y mucha mi edad. Pero aquí me tiene. Y míreme, andando voy".

No hace todo el Camino de un tirón, pero si a trechos. Y lo hace caminando con soltura, sin dejar de contemplar los campos de girasoles que nos encontramos a la derecha del camino cada vez más empinado y polvoriento, en el que sobrepasamos a otras Hermandades que se han tomado un descanso, Hermandades que jalean a la nuestra al cruzarse con ellas. Y es que el buen rollo entre todas, a lo largo del Camino, es más que evidente. Ya que no solo jalean al pasar a su lado sino que te piden que te detengas invitándote a una cerveza o a un trozo de jamón o a un taco de queso

En el Pastorcito visitamos el Asilo de enfermos mentales adultos.

Nos esperan sentados, expectantes. ¿Qué nos traerán esta vez? Manuel Sañudo, el presidente, se presenta al director del establecimiento. A continuación, algunos hermanos trasladan desde la furgoneta de la Hermandad al interior del Asilo diversos paquetes conteniendo alimentos. Al son del pitero, que no ha dejado de marcar el  paso con sevillanas que arranca de su flauta y tambor, una de las internas del centro, de forma espontánea, se pone a bailar. Es forma de agradecer el detalle que para con ellos tienen los mallorquines.

Cruzamos la carretera, y sin abandonar la senda polvorienta, recorremos cinco o seis kilómetro, ahora echando mano de las mascarillas para impedir que el polvo nos entre por narices y boca.  Por fin, a lo lejos, descubrimos bajo la pineda el camión de la Hermandad, lo cual es buena señal pues significa que estamos llegando al lugar donde vamos a comer.

Ahí, entre una cosa y otra,  permanecemos una hora, puede que un poco más tratando de reponer fuerzas, pues en breve nos vamos a enfrenar a lo peor, el tramo más largo sobre el camino más duro por lo arenoso que es.  Pese a ello hay que seguir avanzando, ahora con menos velocidad que hasta llegar allí; ahora notando que tus posaderas se quedan por detrás de resto del cuerpo, que es el síntoma más claro de que el cansancio se está adueñando de ti. Pero debes de seguir. ¡Si ya queda poco!

Entramos a la aldea por la parte opuesta donde se encuentra nuestra casa, a la que llegamos atravesando la calle flanqueda por decenas de puestos en los que se vende todo lo que se necesita para el Rocío, desde vestidos de gitana o corto, a sombreros , pasando por botos, monturas de caballo, claveles de plástico o de tela, pañuelos de rociero, etc.

Una vez frente a la casa, se reza un Salve, se dan los gritos de rigor, se guarda el Sin Pecado en una capilla que se ha improvisado junto a la puerta de entrada y, por turnos, nos vamos duchando.

Tras dejar las cosas en orden, vamos a la ermita, pasamos por la sala de las velas y a la salida nos encontramos con el presidente de la Hermandad de Mallorca, Manuel Sañudo  que está con su mujer.  Como el resto, se han pegado u a paliza de tomo y lomo, pero se ha cumplido con el objetivo. Es su primer Rocío como presidente y no puede disimular su satisfacción. Normal.

Regresamos a la casa, cenamos, sobremesa por sevillanas y baile hasta la madrugada, dos  o tres horas de sueño, interrumpido sobre las tres y media por la visita de la policía local que nos advierte por las buenas que, o retiramos los coches de la calle, o se los lleva la grúa. Peor suerte han tenido los de la otra casa, que no les han advertdo y se han llevado el suyo. A las ocho de la mañana,  el pitero haciendo sonar la flauta y el tambor, toca diana.

Acaba de comenzar un nuevo día. El Rocío muestra una nueva cara.

P.P.

 

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