Invivible pero insustituible

 

 

Despotrico de Madrid y amo Madrid. Ambas cosas son posibles y es fácil percatarse de ello si uno vive en aquí. Venía en metro pensado en ello justo cuando decidía que, ¿porqué no dedicar hoy este espacio a esas razones que hacen que Madrid sea tan invivible pero insustituible?. Pese a sus aglomeraciones, pese al tiempo que se tarda en llegar a los sitios, pese a que no hay mar por más que uno alargue la vista… pese a todo, Madrid es una ciudad que merece la pena conocer y es por eso que hoy dedicamos cinco razones  por las que uno debiera visitar la capital o al menos pasar un tiempo determinado de su vida en ella.

 

1. El placer de ser anónimo.

 

No se si es por aquello de “cumplir años” y lo que ello conlleva, pero poder pasear por una calle transitada, sentarse en un banco sólo o en definitiva, hacer lo que a uno le da la gana sin tener que “saludar” a nadie, no tiene precio.  O al menos a mi me lo parece. Entre seis millones de habitantes las probabilidades de encontrarse con un conocido se reducen considerablemente. Este tipo de aspectos hacen que te puedas dar el lujo de entrar en lugares por el mero hecho de saciar tu morbo y eso, no nos vamos a engañar, produce mucho placer. Desde la peculiar sede de la cienciología (no lo aconsejo sólo por el acoso verbal al que uno es sometido) hasta la posibilidad de comer por sólo cinco euros en el comedor que regentan los Hare Krishna, muy cerca del metro de Tribunal. Lo admito, de cada vez me gusta menos la sociedad y quien empatice con esta idea en Madrid encontrará la horma para su zapato.

 

2. Te hablan en los bares.

 

Quien haya vivido aquí sabrá a lo que me refiero. Algunos pensarán: -“¡Pero en Mallorca también!”. Ya, pero no es lo mismo. En un tiempo récord, el camarero del bar de abajo de tu casa sabrá si el café te gusta en vaso, a que te dedicas y si estas casado. De una forma u otra encontrará la forma de saberlo sin que parezca una intromisión. Y de igual forma lo hará el frutero, el portero y tu vecina. Y no sabes porqué pero el acogimiento de los desconocidos te acaba gustando. Incluso si te descuidas, puedes acabar cenando en casa de alguien con gente a la que no hace ni 24 horas que conoces. Si vienes de fuera y buscas que la ciudad te acoja, este es sin duda tu sitio.

 

3. Puedes escaparte.

 

Cuando el agobio te invade, puedes decidir hacer una escapada de fin de semana. Con pocas horas de coche y algunos kilómetros, te plantas en Toledo, Chinchón, Pedraza… o en definitiva en algunos lugares que aún parecen estar en otra época. Desconectas del todo e inspiras el oxígeno necesario para combatir el CO2 acumulado en tus pulmones. Aunque parezca surrealista, el simple hecho de pensar que si siguieras conduciendo acabarías en Francia, Alemania e incluso podrías llegar a Moscú, tiene un poder sedante en mi conciencia. No podemos negar que el mar es vital, sobretodo cuando uno se acostumbra a él. Incluso aquí, tengo a veces la sensación de “verlo” cuando conduzco en espacios más abiertos. Pero es precisamente eso, mar, está por todas partes y a algunos de vez en cuando nos ahoga aún estando en tierra.

 

4. La gran oferta de actividades.

 

Ésta es una de las mejores cualidades de Madrid. Jamás te van a faltar planes. Incluso cuando no quieras hacer nada te vas a topar con situaciones en las que siempre está sucediendo algo. O te cierran una calle porque ruedan una película o presencias una manifestación o no puedes pasar porque está la cola de la gente que viene a visitar al Cristo de Medinaceli. Y si quieres hacer planes premeditados, entonces la oferta es incombustible: teatros, cines, museos, exposiciones… son sólo el principio.

 

 

5. Madrid te adopta.

 

 

Aún cuando no quieras ser de Madrid ya eres un poco de Madrid en cuanto pisas estas tierras. Nunca he comprendido a la gente que se siente “muy” de un sitio o de una nacionalidad, con lo grande que es el mundo y lo mucho que queda por ver y conocer. En Madrid es fácil hacer amigos, es fácil introducirse en esta sociedad y es muy fácil que la ciudad te adopte. Jamás te sentirás un extraño. Y sino, por alguna razón cambió Joaquín Sabina los últimos versos de su tan conocido “Pongamos que hablo de Madrid”.

 

Cuando la muerte venga a visitarme,
que me lleven al sur donde nací,
aquí no queda sitio para nadie,
pongamos que hablo de Madrid.

(Cuando la muerte venga a visitarme,
no me despiertes, déjame dormir
aquí he vivido, aquí quiero quedarme
pongamos que hablo de Madrid.)

 

 

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