La Generación Perdida

Soy de las nacidas a mediados de los 70, en un país en plena transición democrática, encabezada por un guaperas del que pocos recuerdos tengo aparte de las apremiantes apariciones televisadas y su triste historia familiar plagada de pérdidas. No viví lo que significó el comunismo de Santiago Carrillo en Paracuellos del Jarama ni lo que fue la Guerra Civil y Postguerra, salvo por anécdotas narradas que curiosamente criticaron las posturas de ambos bandos. No estremezco ante un alias como el de “La Pasionaria” estigma de lo fea que era la ropa que usaban las féminas aquellos días. Ése apodo repiquetea a veneración connivente como la que proferimos a las vírgenes del pueblo con nombres diferentes, entre ellos los de Dolores, Soledad, Angustias, Purificación, Rosario, Encarnación o  Milagros, comunes y propios con los que bañaron a toda una generación que bautizó a sus hijos memorando la triste y oscura realidad que habitaron.

Hace unos años, visité una exposición en Londres en el Museo de la “Imperial War” dedicada a la Guerra Civil Española. Por primera vez y sin pasión visceral retenida alrededor, pude observar nuestra realidad pretérita desde el plano de la abstracción. Era yo la extranjera en un país donde se hablaba del mío y de mi idiosincrasia, sin juzgarla, sin criticarla, sin buenos ni malos y sin enfados por no compartir estrategias, simplemente mostrando el reflejo de los hermanos peleando por ideales trasnochados. Estos anglosajones son fantásticos como comisarios de arte y organizando museos. Atravesé un pasillo en el que se hallaban expuestos vestigios a cada lado, republicanos a la izquierda, los nacionales a la derecha. Me asaltaron las lágrimas leyendo un escrito de uno de mis preferidos en lengua castellana, Miguel Hernández, dedicando a su mujer entre rejas. La letra de Franco anunciando el día que habían ganado la guerra, no pasó por alto mi análisis grafológico al observar su hiperbólico ánimo, del mismo tamaño que su ego fascista, al escribir sobre blanco y sin guía, las palabras enfiladas hacia arriba. Aparecieron imágenes de tumbas de monjas profanadas y de Iglesias expoliadas y quemadas. Un cuadro de Dalí, dos picadores en un ruedo, picándose entre ellos, la representación más gráfica del dolor que vivieron nuestros viejos. Todo era penoso y tremendo, salí aliviada pensando que la España de hoy en nada se le parece a la allí escenografiada, y en la suerte que tenemos de guardar esos archivos ‘in memoriam’  de  Machado y “echemos la vista atrás y veamos la senda que jamás hemos de volver a pisar”.

Los recuerdos del odio hay que disolverlos en lugar de dotarlos con fuerza como algunos politicuchos intentan. Aquel día en Londres lo vi muy claro, todos sufrimos, y por supuesto, unos más que otros, pero todos perdimos, porque para los de mi generación ya no hay lados, a todos nos mutilaron algún valiosísimo miembro del cuerpo pues ¿cómo pudieron quitarle la vida a un talento sensible y poético con el romancero gitano más bello?. Sería honorable que unos paren ya con el “ojo por ojo, diente por diente” que sólo conduce a más de lo mismo, a levantar ampollas y a la deconstrucción absoluta de todos los intentos de edificar en el cariño y el respeto y que otros, como algún nieto de "El Caudillo" se dejen de tanta aparición pública dando bombo y platillo a un libro sobre su abuelo para venerar la persona, la hastiada por cientos de miles descendientes de exiliados, exterminados y ajusticiados por llevarle la contra.

No es por casualidad que mis primeros libros impuestos en el colegio fueran “El lazarillo de Tormes” y  “El buscón” de Quevedo, que el anterior es anónimo y homónimo a la picaresca de nuestra tierra que ahora colman hasta los aledaños de las más altas esferas. ¿No les parece una vergüenza? y ¿somos los periodistas la clase basura que muestra las tripas malolientes de un país con los valores decadentes? si al menos los que practican ésta lacra plagada de intrusos, pudieran demostrar que llevan la profesión enlatada en el ADN. Siguiendo a Aristóteles y sus formas puras de gobierno en las que cabían sus antítesis, que ya sabemos que la democracia contiene la demagogia, y aunque digan que mi “generación perdida”, es la que ha vivido todo, desde la tv en blanco y negro hasta la play station, ¿es mucho pedir que nos dejen en paz con el rencor del pretérito?

Quizás nuestro gran trauma en pleno siglo XXI sea no haber respondido a la gran pregunta ¿de dónde venimos? ¿del hombre de Neandertal que había evolucionado nuestra amiga Lucy, Habilis y Erectus…? mala respuesta, el homo sapiens, o sea, nosotros, apareció de la nada, así de repente y por casualidad en todos lados. No, no tuvimos descendencia con el Neandertal con el que convivimos y que se extinguió totalmente de la faz de la tierra. Al menos el nombre de mi generación sintoniza con ésa idea, la del eslabón perdido.

La generación “X” es la que se reveló inmóvil rompiendo las pautas y costumbres anteriores. La que no cree en el Dios impuesto por la religión institucionalizada que entienden como otro mal pandémico. Son los que han tenido relaciones sexuales antes del matrimonio, así no les colaron el “gato por liebre” ni el pecado por la necesidad fisiológica. Los que no respetan aunque aman a sus padres/abuelos porque todos han ido a la Universidad y saben más que ellos. Anteponen la amistad a la familia porque en ella reniegan sus raíces y riegan analogías. Y han vivido todo en nada, desde las canicas hasta el fin de la guerra fría.

Me  ha tocado la generación “X” y no de porno pero por gustarme prefiero la “baby boomer” aunque me flipe bailar el ‘Whashing Machine’ de Sonic Youth,  cualquier tema de los Pixies, Rem,  Nirvana, Perl Jam o Smashing Pumpkins, símbolos absolutos de la mía. Mi querida “Generación X” es la más preparada de la historia de este país. La de universitarios con idiomas que se encuentran en un mercado sobresaturado de universitarios que entendieron que ir a la Universidad era un derecho y no un privilegio. Como periféricos de nuestras vidas, los bajos sueldos, la sobreabundancia de grados y los cambios sociales que nos han impedido llegar a donde pensábamos, para lamento de nuestros padres que tanto dinero invirtieron en ello. Compartimos piso porque somos ‘mileuristas’ o víctimas de hipotecas abusivas; no tenemos coche ni casa ni hijos ni relaciones estables porque no podemos permitírnoslas y, aunque estamos mejor formados que nuestros jefes y manejamos instrumentos informáticos que éstos desconocen, somos sistemáticamente ninguneados y despreciados y no accedemos a puestos de retribuciones superiores. Se nos tacha de individualistas, de carecer de conciencia de clase social, y de invertir casi todo lo que ganamos en ocio, dejando entrever, una cada vez más acusada inmadurez, justificada porque ya nos hemos dado cuenta de que el futuro no estaba donde creíamos, de ahí las drogas, el estrés y las depresiones -es que es muy difícil con poco más de mil euros, sostener una vida de adultos que nos habían prometido tan diferente- ¿será por eso que también nos denominan la “Generación de la Apatía”?.

Mucho ánimo para los que con la “Y” vienen detrás nuestro dando menos fuerte. Esos sensitivos niños índigo y cristal, a ver si son capaces de remontar y cocrear una sociedad con valores, exenta de odios del pasado y con la solidaridad por bandera imperante a cualquier ideología castrante y enferma. Y mi deseo para ellos, es que como nuestros padres, puedan pagar una casa en pocos años y acceder fácilmente a una segunda donde colar los veranos, y así seguir felices en familias unidas por nuevas facetas e ilusiones que les daba la vida y que a la nuestra nos han negado, por tener que pagar el pato de las burbujas y crisis económicas, de valores, de corrupciones, manipulaciones y escándalos.

 

 

Por Cristina Gamero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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