Miedo, mamá tengo medo

Hace tiempo leí que los superhéroes, tipo Superman, no son en realidad valientes ya que sólo pueden tener coraje aquellos que tienen miedo porque son vulnerables o tienen algo que perder.

 

El miedo nos puede servir para mantenernos más alerta, para crear una tensión que nos prepare para luchar y nos haga más eficaces y hábiles. El punto negativo es que, si dejamos que nos domine, nos paraliza o nos hace huir.

Quedarse congelado de miedo es una respuesta poderosa pero bastante inútil para conseguir nuestros objetivos. Seguramente, para un animal pequeño tipo zarigüeya será perfecto pasar desaparcibido cuando le da un síncope que le tira al suelo y le hace parecer muerto, pero, ¿qué utilidad tiene semejante “habilidad” cuando tienes que hacer un discurso o hablar en público? Por cierto, el arte de hacerse el muerto se llama tanatosis.

 

 

Otro mecanismo peculiar es temblar de miedo. No le veo la utilidad, francamente, y tampoco tengo claro por qué se produce esta reacción, quizá porque las personas que sufren el miedo de esta forma quieren en realidad huir pero se obligan a quedarse y el cuerpo tiembla entre su instinto de escapar y la voluntad de quedarse que le imponen.

Por no hablar del efecto mearse o cagarse de miedo, gracias madre naturaleza por brindarnos estas respuestas tan positivas y tan útiles.

Sentir miedo forma parte de la vida, vivir con miedo no es nada saludable.

 

El miedo a hablar en público, el miedo a subir una montaña, el miedo a tirarse de ella, el miedo a los truenos, el miedo a los pájaros etc son sólo los miedos pequeños que nos impiden hacer las pequeñas cosas de la vida, son temores de bolsillo con los cuales podemos convivir más o menos.

 

Podemos permitirnos tener miedo a las alturas o miedo a hacer puenting. Total, ¿por qué razón íbamos a perder el miedo a hacer algo que no nos apetece nada hacer? También podemos vivir con el miedo a la oscuridad, siempre que llevemos una linterna en el bolso o nos recojamos antes de que caiga la noche…

 

 

Luego están los miedos difusos, no porque sean insignificantes sino porque los tenemos tan arraigados en toda nuestra psique que controlan cada uno de nuestros actos y lo que es peor la vida entera…Son miedos sociales y altamente paralizantes.

El miedo a que nos hagan daño, el miedo a hacer el ridículo, el miedo a fracasar, el miedo a que nos echen del trabajo por fallar o por llegar tarde, el miedo al que dirán, el miedo a la soledad, el miedo a quedar mal con los allegados, el miedo a no encajar, el miedo a decir alguna inconveniencia…

Hay personas que te lo ponen muy fácil: hagas lo que hagas, siempre estarán descontentas por lo que lo mejor, con ellas, es hacer lo que quieras y lo encontrarán fatal y criticarán, juzgarán y condenarán y serán atrozmente felices o felizmente desgraciadas en todo este proceso, quien sabe.

Con la mayoría de nuestros semejantes, el miedo se nos cuela en el alma sin que nos demos cuenta: miedo a perder a quien queremos, miedo a hacer daño, miedo a sufrir, miedo a que se enfade alguien querido, miedo a que nos riñan, miedo a no encajar, miedo. Miedo Miedo.

 

Llegados a cierta edad ya no sirve esconderse bajo las sábanas para buscar protección (¿es que pensamos que las sábanas son de acero?) ni gritar “mamá, tengo medo” ni aguardar a que alguien nos saque las castañas del fuego ni esperar a que lo que nos da miedo se vaya.

Hay que afrontar los miedos no para no tener miedo a nada sino para no tener miedo a enfrentarse a nada aunque nos dé miedo. Liado, sí, pero tiene sentido.

 

Vivimos en una sociedad fundada en el miedo; es la forma que tiene el poder de controlarnos. Nos atan corto para que cumplamos sus objetivos, nos dan una serie de “facilidades”, dones y prebendas y, luego, nos insinuan sutilmente que lo podemos perder todo si no seguimos colaborando, si no somos productivos y si no nos vestimos del gris uniformante para el alma y para el cuerpo que la sociedad espera de cada uno de nosotros. Porque la igualdad no crea conflicto; si estamos ocupados con nuestro miedo a perder el piso que “nos han concedido”, no podemos ocupar nuestra mente en algo más productivo como pensar, criticar o liberarnos de esos miedos irracionales que hemos aprendido a identificar como parte de nuestra personalidad.

 

 

Somos tan complicados que podemos tener miedo al miedo (a los ataques de pánico, por ejemplo), miedos metafísicos a lo que hay más allá de la muerte o a que la vida no tenga sentido, miedo al futuro… También podemos sentir miedos gustosos viendo películas de terror o escuchando historias macabras a la lumbre del fuego o “sufriendo” los sustos en Halloween.

 

Hay una gran diversidad de miedos que nos atenazan aunque todos ellos son, en realidad, síntomas de un único miedo: el miedo a la vida y el miedo a morir, aunque sea sólo un poco por culpa de un fracaso, un desengaño, una traición o una rotura de corazón. El miedo a morir y el miedo a vivir están también íntimamente relacionados: los que tienen miedo a morir tienen miedo a vivir porque cualquier pequeño atrevimiento de la vida puede acabar en muerte, aunque sea pequeñita y ridícula.

 

Hace muchos años que decidí vivir sin miedo. No tengo nada que perder porque he vivido muchas vidas y he sobrevivido a todas y he disfrutado muchas. Sólo hay dos “leyes” en mi vida: “haz lo que temes”, el único legado válido de todo el amasijo de lugares comunes y zarandajas de Dale Carnegie, y “sea lo que sea, pasará”, por graves que sean las consecuencias si algo no sale según lo previsto, si deseamos algo tenemos que arriesgar. Por graves que sean las consecuencias psicológicas, seguro que las podemos superar.

 

 

Hace poco incorporé una nueva frase sabia que me sirve mucho ante cualquier desastre o contratiempo de la vida: “piensa si dentro de un tiempo, te reirás o llorarás al recordarlo”. La mayoría de terribles sucesos que nos ocurren son, en realidad, risibles y susceptibles de desencadenar una gran carcajada. En general, nos tomamos demasiado en serio.

En todas las grandes tragedias hay algo ridículo. Además, como dijo alguien, cuando algo terrible pasa una vez es un drama, cuando sucede dos veces es una comedia. Por tanto, ríete de tus pequeños miedos y plántales cara. Total, las consecuencias tampoco serán tan graves. ¿Un momento de ridículo total? Algún día, esperemos que cercano, podremos reírnos de ello.

 

 

Escojo vivir, sin miedo, hasta las últimas consecuencias; vivir según lo que me apetece hacer y cómo me apetece, vivir sin temor a saltarme las convenciones o a desentonar. Vivir devorando la vida a pequeños mordiscos y grandes lengüetazos en lugar de que la vida me devore a mí.

Y, si muero, mi legado será: “Siempre hizo lo que quiso”. O no, que digan lo que quieran, total, a mí me da igual. ¿Te atreves?

 

En esta época de presentaciones powerpoint y videos que nos hacen vibrar y nos convencen de que todo puede ser diferente o incluso como queremos, no puedo resistirme a dejar un video y una recomendación: “baila, salta, atrévete”.

 

https://www.youtube.com/watch?v=Fvhuzl3YbWw

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