Sherlock Holmes: Juego de sombras

    Sherlock Holmes: juego de sombras es la continuación del Sherlock Holmes rodado dos años antes. Eso quiere decir que nos encontramos ante una película subsidiaria en donde se acrecenterá la acción buscando rizar el rizo en espectacularidad.
    La secuela tiene los mismos defectos y las mismas virtudes del anterior título. En los defectos la utilización oportunista de un icono de la literatura detectivesca y del cine que es el famoso detective de Baker Street al que se le ha despojado de su personalidad fabricando un sosias híbrido irritante y molesto. El guión no es muy afortunado, en la media hora final fatiga.
    En la parte positiva los aspectos formales, la música, la fotografía, algunos destellos de humor. Pero este Holmes no empatiza como el clásico detective de la pipa y los disfraces, lejos estamos de Basil Rathbone, Peter Cushing y Jeremy Brett. Los movimientos de cámara son perfectos, así como la ambientación y la recreación del Londres mugriento y victoriano, en este caso con traslado a París y bosques franceses. Demasiado larga, en la media hora final la trama decae y produce sopor. Sin embargo ya nos amenazan con la tercera entrega. A menos de que esta pinche nos la tendremos que tragar.
    Los efectos especiales están todos muy bien conseguidos, pero lamentablemente aparecen para alardear de virtuosismo no para añadir emoción a la acción. Tanto en esta secuela como en el film original, cuando el Sherlock descafeinado va acometer una acción el director nos la avanza en cámara lenta con detalles minuciosos. Si en la primera película estos avances sorprendían, en la secuela llegan a aburrir.
    La más importante aportación a esta segunda entrega es la aparición del mezquino profesor Moriarty, el enemigo por excelencia de Sherlock Holmes. dos enemigos que se alaban mutuamente por sus brillantes cerebros. Pero uno tiene sus dudas porque las maquiavélicas intrigas de Moriarty para dominar el mundo son a menudo risibles. A veces esos malvados de ese tipo de novela parecen inspirados en los demonios de las representaciones de Els Pastorets que se esceneficanen tierras catalanas por las fiestas de Navidad en las que aparece un malvado Satanás en el escenario ataviado con grandes cuernos y evolucionando con ademanes ridículos.
    Esos Mabuses suelen ser muy poco creíbles sobretodo en el mundo moderno en que los grandes villanos son seres anónimos como los que aparecen en títulos como Wall Street (1987) de Oliver Stone. Esos sí que son peligrosos, pero nunca aparece ningún Sherlock Holmes para frenar su ambición.
Entre los personajes "nuevos" de esta segunda entrega están la gitana Sim encarnada por Noomi Rapace, una presencia muy grata por cierto, el extravangante hermano de Holmes, Mycroft (Stephen Fry) que entre sus rarezas está el ir desnudo por la casa ante los asustados ojos de la señora Watson (Kelly Reilly) que se queda abochornada ante tan extraña exhibición que por cierto no nos hemos enterado a qué obedece. Lo mejor es la sutil insinuación de la presunta homosexualidad de Sherlock y Watson que se hace patence en ciertos comentarios, los celos de Holmes por la boda de su amigo y esa impagable secuencia en la que ambos se ponen a bailar agarrados, dejando lado a la exquisita gitana, sin que a los distinguidos invitados al baile les llame la atención. Es un momento que de por sí vale por toda la película.


    Salvador Sáinz

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